Autor: Padre Fernando Torres

El mensaje de Jesucristo se puede sintetizar en una palabra: amor. La cumbre de este valor está en el amor a los enemigos (Mt 5,44). Para sacudirnos tal exigencia, decimos que no tenemos enemigos y que no somos enemigos de nadie. ¡Bienvenidos al paraíso terrenal! Quizá no tengamos enemigos, en el pleno sentido de la palabra; pero ciertamente existen personas que nos caen mal; que voluntaria o involuntariamente nos han dañado; que nos molestan, nos critican o nos ridiculizan; que se oponen a nosotros. «Bueno, enemiguillos de esos, sí tengo». Entonces aparecen diversas reacciones. La primera es una falsa humildad que consiste en decir: «Soy tan débil que no puedo amar a mis enemigos». Otra es una arrogancia disfrazada de autoestima: «Si me ha faltado al respeto, pues que primero me pida perdón». La tercera es una despectiva sinceridad: «Yo actúo como siento; si una persona me es antipática, ¿por qué tengo que ser amable con ella? Eso sería hipocresía». ¿Es posible amar a los enemigos, sin pretender que se amolden a mi gusto? Sí, Jesucristo los amó. Trascendiendo su antipatía los perdonó, oró por ellos, buscó hacerles el bien, entregó su vida para salvarlos. Si Jesucristo amó a sus enemigos, entonces también yo puedo amarlos. ¡Y decido hacerlo! Para amarlos cuento con la ayuda eficaz del Espíritu Santo, que me impulsa a renunciar a la venganza y a superar rencores y resentimientos. Convivir o trabajar con personas que nos son antipáticas es una gracia, pues nos obliga a ejercitar al máximo y así desarrollar nuestra capacidad de amar. Nos da la oportunidad de probar si de veras amamos como Jesucristo o sólo nos movemos al capricho de nuestros sentimientos.