Durante todos estos años que he venido buscando ser mejor hija de Dios he encontrado que no basta solo con decir “si” a Dios sino que debemos vivir ese “si”, que se requiere de un serio compromiso que debemos renovar día a día, a través de procurar hacer siempre lo que a Dios le agrada en el cumplimiento fiel de Su palabra y Sus mandamientos. Muchas veces hemos escuchado decir “esa es la voluntad de Dios, eso es lo que El quiere”, pero ¿nos hemos detenido seriamente a desmenuzar esa frase dándole el verdadero sentido que ella encierra? La voluntad de Dios es hacer lo que El nos dice que es seguir Sus enseñanzas que Él nos mostró a través de Su ejemplo y quedaron plasmadas en las Sagradas Escrituras. He pensado que ser miembro de JSMF implica un serio compromiso con el Señor, es necesario ser coherente con la vida que Jesús me pide llevar. Ahí que he comenzado una lucha conmigo misma de hacer una revisión interior y mirar cada paso que voy dando en mi diario vivir. Aunque sé que es una lucha y búsqueda constante, empecé a observarme con mayor exigencia para poner en práctica mis consejos en la relación con mi prójimo, mi esposo, mis hijos, hermanos, amigos, ustedes mis hermanos en Cristo, con todos aquellos que Jesús iba poniendo en mi camino. Poco a poco me fui llenando de confianza en la guía del Señor y fui superando las dudas desde el momento que dije: “Señor, aquí estoy para hacer Tu voluntad”. Hermanos, Dios es infinitamente misericordioso y nos ayuda a darnos cuenta si de verdad estamos siendo sinceros con nosotros y con los demás, cuando hemos tomado este camino de seguirlo a Él. Nos muestra realmente que nuestro compromiso con Él, es decir un “si” para permitirle a Él que nos vaya transformando a su imagen y semejanza, meditando lo que El nos dice y poniéndolo en práctica. Tenemos que estar contrastando con la realidad de nuestras vidas: Si cuando nos hieren, ofenden, humillan somos capaces de perdonar; si cuando alguien nos hace a un lado podemos seguirlo tratando con amor; si cuando alguien habla lo que no debe, miente, calumnia, difama, somos capaces con una palabra de amor reprender dejando en ese corazón una enseñanza que lo haga cambiar, si de verdad nos cuidamos de no ofender y siempre vivir en el amor; si ya no juzgamos y señalamos a los demás sino que nos miramos y revisamos a nosotros mismos; si de verdad estamos dispuestos a asumir la cruz que nos corresponde, cueste lo que cueste, sabiendo el sacrificio, el dolor, que esto implica. (Mateo 16, 24) Hoy que me encuentro al frente de esta bella comunidad, la cual es una verdadera obra de Dios, se que todos tenemos un compromiso claro y fuerte de ser verdaderos discípulos del Señor, haciendo siempre lo que El nos pide para que podamos ser verdaderos hijos de Dios con alma espiritual que busca la santidad y aspira a la eternidad. El Señor me pide que tomemos conciencia de nuestra filiación de hijos amados de Dios, que asumamos nuestra misión buscando siempre nuestra santidad y salvación, siguiendo al pie de la letra sus mandamientos, sacramentos y leyes, los cuales nos abrirán las puertas del cielo, que no olvidemos que hemos elegido defender abiertamente el sacramento del matrimonio, aunque sea un camino difícil y doloroso. Que no podemos pretender que los demás cambien sin antes cambiar nosotros, que no podemos esperar recibir respuesta a nuestras peticiones sin estar preparados, habiendo cambiado como Dios nos pide, porque el compromiso no es solo decir: “Señor, Señor”, sino hacer la Voluntad del Padre que está en los cielos, que a través de nuestro ejemplo los demás deseen seguir a Jesús y así habremos cumplido la esperanza a la que hemos sido llamados.

Hoy el Señor espera que yo ponga a trabajar los talentos que me ha regalado a través de ustedes y servirle a través de ustedes. Dar todo lo que he recibido gratis para ayudarle a rescatar muchas almas que no lo conocen y alejadas de El viven en contra de la verdad. Hoy hermanos estoy entregada a mi Padre y a ustedes. En esta maravillosa obra convencida de esa bella promesa y defenderla hasta el final: “lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”. (Mt 19, 6) No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévanme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera. Miembro JSMF.