Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo: Quiero compartirles algunas reflexiones acerca del mandamiento que Cristo nos dejó, amarnos los unos a los otros. El mismo que hemos de vivir día con día con nuestra pareja. Estas humildes palabras son producto de mi apostolado en el ministerio de pastoreo Y matrimonios restaurados de JSMF. Este hermoso mandamiento de vida, se convierte en una experiencia enriquecedora o agobiante dependiendo del sentido que le demos o la situación en la que lo ejercitemos. Debemos partir que el mandamiento dice: “Amaos los unos a los otros, como Yo los he amado” No dice: “Cambiaos los unos a los otros.” (Mateo 5) Así como que debemos partir de otra premisa muy clara en el Evangelio. El matrimonio es Indisoluble. (Mateo 19, 4 6) El amor en el matrimonio durante el proceso de restauración después o durante de la crisis. La realidad a la que nos enfrentamos cuando el matrimonio ha pasado por un proceso de deterioro en las relaciones afectivas, es que se ha convertido en un crisol de recuerdos y anhelos, donde el deseo de brindar amor a nuestra pareja y validar sentimientos recíprocos, se puede convertir en una experiencia amarga. Porque nuestro humano entender nos condiciona a tener el anhelo de recibir una muestra de amor similar a la que damos. Claro que todos comprendemos que debemos amar de manera altruista, desinteresada; pero seamos honestos, por nuestras venas corre sangre y sentimos, anhelamos y esperamos. Sin embargo, en Cristo encontramos la solución para mitigar ese dolor y dejar fluir nuestros sentimientos. En mi corto caminar por JSMF, Dios me ha obsequiado la oportunidad de convivir con muchas hermanas valientes y hermanos dignos, que me han manifestado su dolor por tener que luchar por su matrimonio, lo cual hacen con mucho amor, pero que al hacerlo encuentran que su pareja aparenta tanta felicidad viviendo una nueva vida. Y surgen preguntas como, ¿Por qué he de dar sin recibir a cambio nada?; ¿por qué he de luchar por algo que parece imposible?; ¿por qué he de esperar a mi esposo(a) si no quiere saber nada de mi?; ¿cómo puedo dejar de sentir este dolor tan agobiante que no me deja entregarme plenamente a Jesús?; ¿tiene sentido seguir luchando cuando mi familia, mis amigos, mis terapistas, y algunas veces hasta mi director espiritual y/o confesor, me recomiendan que mejor deje libre a mi pareja, nos divorciemos y rehaga mi vida con alguien que me haga feliz?. Yo vivo día con día con la bendición de nunca haberme separado de mi Esposa, a pesar de que fueron muchos años de convivencia dolorosa y angustiante, en gran medida para mi esposa e hijos; en los que viendo en retrospectiva, pareciera que puse el mismo esmero con que hoy busco a Cristo, en destruir lo que Cristo me regaló, un matrimonio sagrado, una familia. Y por lo que intercambié la vocación al sacerdocio que había estado rondando por mi mente y mi corazón. Y hoy, he aprendido a dar gracias a Dios todos los días por tan maravillosa bendición, poco admirada hasta que visualizas lo que significaría no contar con ella. Y más de una ocasión mi esposa se ha extrañado cuando la despierto, recibo o la sorprendo con un beso de amigos acompañado de un gracias por un día más, previo a un te quiero. Pero también el convivir con la pareja en plena restauración matrimonial, puede ser una experiencia dolorosa si no se saben manejar y canalizar los sentimientos y emociones; más de uno nos hemos hecho las mismas preguntas, ¿Por qué debo amar a quien aún me rechaza?; ¿por qué he de perdonar a quien aun no me ha terminado de perdonar?; ¿por qué he de continuar luchando si pareciera que mi pareja nunca accederá a la plena restauración?, etc. El Encuentro con Dios. Pero hermanos, no podemos seguir mirando con los mismos ojos nuestro matrimonio, nuestra relación de pareja. No podemos seguir sintiendo con el mismo corazón el amor que brindábamos a nuestro esposo o esposa. Debemos tener el valor de reconocer muchas cosas. En primer lugar, aceptar que Cristo es el único camino que podemos tomar para recuperar lo que parece imposible. Y en segundo lugar aceptar la realidad, aceptar que nuestro matrimonio está muy lastimado y que ya nada es igual a cuando nos juramos amor frente al altar, pensar lo contrario es engañarnos y el alejarnos de la realidad no nos ayudará en nada. Se dice fácil y se escribe rápido, pero la raíz del gran dolor, de la agonía y del sufrimiento, es el no aceptar la realidad. Como todo dolor, se debe llorar, se debe guardar el luto adecuado, pero se debe voltear la mirada al cielo y decir, YA, la vida continua y los hijos esperan. Es necesario vencer ese miedo que paraliza y que impide tomar acciones que nos devuelvan la alegría de vivir. Porque el temor a perder nuestro matrimonio, al divorcio, a que la pareja se vaya de la casa, o que si ya se fue nunca regrese, no debe paralizarnos al grado de impedirnos buscar una solución. En palabras llanas, se debe tomar la iniciativa para romper con la dependencia emocional que nos ata a nuestra pareja y emprender el vuelo hacia una sana independencia, hacia un egoísmo altruista que nos inspire a luchar por nosotros mismos en primera instancia y después por la sanación de nuestra pareja e hijos y posteriormente por nuestro matrimonio y nuestro hogar. Y es en ese momento en que debemos aceptar cargar nuestra propia Cruz, la del matrimonio. Es cuando tenemos ese reencuentro con Jesús que ha de marcar nuestras vidas y la de nuestras familias para siempre. Pero no es tarea fácil, es un camino lleno de pruebas, de aprendizaje, de reinventarnos, de exámenes de conciencia y de compromisos de cambio de esas actitudes que tanto daño nos hicieron a nosotros mismos, a nuestra pareja, a nuestros hijos, a nuestro hogar. Pero Dios Padre en su gran Misericordia sabe que es una prueba que no podemos llevar solos y por eso nos tiene preparadas las bendiciones que necesitamos para seguir adelante. Nos ofrece al mejor médico de cuerpos y almas que haya existido, Jesús; así como la mejor vitamina para nuestro corazón, su Santísimo Espíritu. Ese reencuentro, o en casos más drásticos, primer encuentro, debe significar un abandono a la Santa Voluntad de Dios. Declararlo como el único que ha de salvar nuestro corazón y el de nuestra pareja, y que por añadidura significaría la restauración de nuestro matrimonio y nuestro hogar, si eso forma parte del Plan que tiene para nosotros. Y es que debemos aceptar ante El que nos hemos cansado de luchar solos o de intentar obtener ayuda en otros meDios, y nada nos da resultado. Y es tan grande esa necesidad de paz con que llegamos, que debemos hacer nuestro abandono con la mayor fe posible, con todas las fuerzas de nuestro corazón, con el mayor de nuestros anhelos. Y no hay que buscar mucho a Jesús, sabemos dónde encontrarlo, siempre ha estado esperándonos, con solo visitarlo en el Sagrario. Así, ante el Santísimo nos encontramos frente a frente con Jesús Eucaristía y podemos platicarle como a un amigo, que perdone nuestras faltas; que le entregamos a nuestro esposo(a) porque ya no podemos cuidarlo, porque lo hemos perdido(a) y que al entregárselo(a) queremos que sea El quien lo cuide, sane, salve, libere; y que nos ayude a encontrar esa paz que tanto anhelamos. Que nos derrame su Santísimo Espíritu para que inflame nuestra Fe para emprender la lucha, que nos inunde con ríos de agua viva que nos den nueva vida. Que el Espíritu Santo nos conceda sus 7 Dones en la medida que El considere que los iremos necesitando. Que nos sane, salve y libere con su Preciosa Sangre. Y es que el habernos entregado a Dios en ese encuentro, nos deja algo maravilloso, un nuevo corazón para amar. Y en ese nuevo corazón está albergado el más hermoso de los regalos que Dios nos puede dar, su Santísimo Espíritu. Este divino acompañante de nuestras vidas, este paráclito sagrado, nos mueve, nos ilumina, nos reconforta, nos reanima cuando estamos decaídos. Y es esa vocecita que habla a nuestro corazón y nos dice: ama, cuando quisiéramos ignorar; nos dice: perdona, cuando quisiéramos odiar; nos dice: espera, cuando quisiéramos abandonar. Lo que tal vez aun no hemos aprendido bien es a escucharlo y dejarnos guiar ciegamente, como seguir al Buen Pastor que va delante de nosotros, guiando nuestros pasos por medio de su voz, siendo nuestra Luz en los momentos en que nuestros ojos están cegados por la venda del pecado o del dolor. Y ahí empieza la restauración de nuestro matrimonio, ahí empieza nuestra lucha, ahí es donde empezamos a vivir en Cristo y El en nosotros, por medio de la oración, del ayuno, del servicio al prójimo. Es importante tomar en cuenta que la relación que llevaremos con nuestra pareja en el proceso de lucha o durante la restauración, presupone que estaremos expuestos posiblemente al rechazo, al hostigamiento, al ataque. Por tal motivo, debemos reconocer y aprender a visualizarnos que somos dueños de nosotros mismos. Jesús nos enseñó que debemos perdonar sin recelo, y de manera continua. (Mateo 18, 21 22). Y estamos llamados a cumplir con este mandamiento de amor y perdón. Por tal motivo debemos prepararnos para perdonar cada vez que nos ofendan, nos agredan, nos ignoren nuestros pródigos. Y una forma de prepararnos es no permitir que nos afecten sus acciones. Como mencioné anteriormente, siendo dueños de nosotros mismos, somos capaces de rechazar cualquier agresión y no permitir que afecte a nuestro corazón. Es como si nos cubriéramos de teflón. No significa que no tomemos en cuenta las acciones de nuestra pareja, si no que no les permitiremos a esas acciones dañarnos. El amar como Cristo nos enseñó, supone hacerlo con los ojos cerrados y a pesar del dolor. Recuerdo vívidamente la segunda lectura del segundo Domingo de Pascua. De la 1ra Carta del Apóstol San Pedro 1, 5 9. “Y los protege el poder de Dios, por medio de la fe, con miras a la salvación que nos tiene preparadas para los últimos tiempos. Por esto estén alegres, aunque por un tiempo tengan que ser afligidos con diversas pruebas. Si el oro debe ser probado pasando por el fuego, y es solo una cosa pasajera, con mayor razón su fe, que vale mucho más. Esta prueba les merecerá alabanza, honor y gloria el día en que se manifieste Cristo Jesús. Ustedes lo aman sin haberlo visto; ahora creen en El sin verlo, y nadie sabría expresar su alegría celestial al tener ya ahora eso mismo que pretende la fe, la salvación de sus almas.” Y lo recuerdo vívidamente porque días antes había escrito un mensaje a una hermana y que reproduzco parcialmente, ya que sentí en mi corazón que en esa lectura, se reflejaba mi humilde reflexión acerca de lo que significaba amar en condiciones adversas, puesto que haber aceptado vivir el mandamiento de Cristo, nos depararía muchas pruebas, sobre todo a nuestra fe: Todos los días platico con hermanas que me comentan de una manera u otra, lo difícil que es confiar en algo que no podemos ver, en la restauración de un matrimonio cuando vemos tan felices de la vida a nuestros pródigos, viviendo en el pecado, en una efímera felicidad. Y es que en eso consiste la fe, la fe ciega: En creer con todas nuestras fuerzas, con todo el corazón, que lo que nuestros ojos (humanos) ven, no es suficiente para apartar la mirada del Señor. Porque de otra manera no va a ser; esos milagros que en estos dos días han sido tan mencionados, llevados y traídos, se forjan día a día en la oración, al testimonio de vida, al buscar vivir en la gracia de Dios, al ayudar al prójimo, al reconfortar al hermano agobiado. Es poder empezar desde este momento a hincar la rodilla y decirle a Dios: “Padre te doy gracias porque se, porque siento, que hoy estás tocando el corazón de mi Esposo(a); te doy gracias porque estás forjando un hombre nuevo; te alabo y te bendigo porque en este momento estás sanando mi corazón, estás inflamando mi fe, estas liberando del pecado a mi esposo. Gracias Señor, gracias Padre porque en cada momento estás obrando en mi familia, en mi hogar, en mi matrimonio. Te alabo y te bendigo porque estás poniendo en el corazón de mi esposo un sentimiento de amor, un sentimiento de anhelo de ver a sus hijos, de extrañar a la mujer que tanto lo ama, de volver al hogar. Querida hermana, te invito a que sientas en tu corazón que Dios ya está sanando tu matrimonio, porque no va a llegar y aparecer de pronto. Es un proceso que inicia cuando empiezas a creer que es posible, y lo crees tanto que empiezas a dar gracias, gracias por anticipado. Cree, confía, entrégate. No importa lo que tus ojos vean. No importa lo que tus oídos escuchen. Que importe lo que tu corazón sienta, lo que tu corazón platique con El Padre. Somos como hijos chiquitos para Dios, acaso cuando tus hijos caían no corrías a levantarlos, acaso cuando tus hijos te pedían de comer no corrías a darles alimento, aunque supieras que debían comer, el simple hecho de que lo pidieran te motivaba a hacerlo…somos hijos de Dios y como tales, somos socorridos. El sabe lo que necesitamos, pero si lo pedimos, damos testimonios que reconoceremos lo que nos entregará. Dios quiere darnos sus bendiciones, está deseoso de hacerlo, está esperando que se lo pidamos. Arriésgate. Continúa confiando. ¿Como podemos entender la fe, cómo podemos obtener más Fe?. ‘La Fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven’. (Hebreos 11,1). La Fe es un SI a Cristo, un CREO LO QUE DICES, un aceptar su Palabra, es creer en Jesús…’Así pues, la fe nace de una proclamación, y lo que se proclama es el mensaje cristiano’. (Romanos 10,17). Debemos crecer en Jesús por medio de su Palabra, alimentarnos de Ella. Porque para creer en Jesús primero debemos conocerlo. Creer tiene relación con conocer. Antes de creer lo que se dice, se cree en quien lo dice.

La Fe es celebrar la presencia de Jesús en la Sagrada Eucaristía. Es anhelar vivir en el corazón de Jesús, de la misma manera que lo invitamos a que viva en el nuestro. La Fe exige humildad. Porque si con humildad reconocemos que nosotros solos no podemos emprender la lucha, no podemos amar sin que nos duela, entonces estamos proclamando que estamos listos para que el Señor nos Ilumine con su Espíritu. Y cómo crecemos en la Fe?. Por medio de la oración, pidiéndola con la confianza de obtenerla. ‘Y al instante el padre (del niño poseído por un demonio) gritó: Creo, ¡pero ayuda mi poca Fe!’ Marcos 9,24. Debemos considerar que nuestra oración, nuestra comunicación con Dios, debe ser un diálogo sincero, como si conversáramos con un amigo muy querido; con la firme convicción de no solo hablar, sino también de escuchar. Porque Dios siempre nos habla. Debemos ser muy constantes en nuestra oración. Así como debemos saber orar. Nuestra oración debe estar compuesta de 4 momentos: Adoración y alabanza, petición de perdón y contrición de los pecados, solicitud de bienes materiales y espirituales, y por último, agradecimiento por las bendiciones recibidas. Dios sabe lo que necesitamos, por tal motivo no nos concentremos nada mas en pedir. Mejor alabemos, adoremos, demos gracias. Al orar y pedir algo, es recomendable hacerlo con confianza, no como mendigos; dándole gracias anticipadas a Dios por lo que El hará por nosotros, declarando su Señorío y poder, alabándole y creyendo en sus promesas. ‘Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán. Y cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que su Padre del Cielo les perdone también a ustedes sus faltas’. Marcos 11, 24 26 por medio de la Fe nos mantendremos firmes. ‘Así Pues, hermanos, no podemos dudar de que entraremos en el Santuario en virtud de la Sangre de Jesús; El nos abrió ese camino nuevo y vivo a través de la cortina, es decir, su carne.’ Hebreos 10, 19 21. ‘Por eso no pierdan ahora su resolución, que tendrán una recompensa grande. Es necesario que sean constantes en hacer la voluntad de Dios. Para que consigan su promesa.’ Hebreos 10, 35 36…Es importante la constancia en la oración, esta debe ser diaria, sincera y llena de confianza. Por medio de la oración mantendremos la gracia de Dios, así como por medio de la Misa y Comunión. Conclusiones. Hermanos, los invito a que sientan que Dios les ha conferido un gran honor. Porque estoy convencido que el Señor ha visto en cada uno de los luchadores de JSMF, un instrumento de su amor y de su paz. Se han dado cuenta con que alarmante rapidez crecen los divorcios, la violencia intrafamiliar, los hijos descarriados por la falta de un hogar donde se viva la paz de Dios? Entonces podrán imaginarse que no están en este camino, si no es porque el Señor los ha llamado a ser protagonistas de la restauración de su matrimonio. Y ojalá pronto se den cuenta que tal vez estén llamados a ser mensajeros de su paz, de evangelizar, de llevar esperanza a otros hermanos que estén circunstancias más difíciles que la nuestra. Porque la mejor manera de ayudarnos es ayudando al prójimo. Y todo cristiano está llamado, y tiene la obligación, de ser Discípulos y Misioneros del Evangelio. Acaso piensan que el Señor no ha tomado en cuenta la fortaleza que hay en cada luchador de JSMF?…en cada uno de nosotros?…Nos ha dado en su Amado Hijo y su Santísimo Espíritu, los alimentos y herramientas para fortalecer nuestro cuerpo y nuestro espíritu. De tal forma, que estamos llamados a cargar nuestra propia Cruz, la de nuestra conversión y salvación. Pero al mismo tiempo a convertirnos en intercesores de la conversión y salvación de nuestra pareja. Ya que ellos están alejados del camino de Dios y requieren de mucha oración. El Señor está a la espera de que ellos también quieran regresar al camino, pero sus ojos están nublados, tienen una venda formada por el pecado. Entonces nuestro amor a ellos, prometido ante el altar, nos obliga misericorDiosamente a orar para que el Señor quite esas vendas de nuestros pródigos y sientan la necesidad de también reconocer a Jesús como su Señor. Por eso hermanos, no debemos temer al dolor que pudiera representar amar a nuestra pareja. Sin importar no recibir nada a cambio. Sin importar que ni se den por enterados. A pesar de que declaren no necesitar nuestro amor, porque el amor efímero de la vida en adulterio les llene. Nuestro amor tiene otra finalidad, es un amor misericorDioso. Y en la medida de que nosotros actuemos con misericordia, Dios nos mostrará SU MISERICORDIA. Debemos amar con los ojos de la razón cerrados, pero con los ojos del corazón muy dispuestos. Por eso hermanos amar se puede convertir en un acto de Fe; porque lo hacemos por convicción; lo hacemos por nuestro propio deseo; lo hacemos sin mirar a ningún otro lado, que no sea hacia el rostro del Señor. Que el Señor les bendiga y les derrame un deseo desbordante de amar a su pareja a pesar del dolor que supongan eso pueda suponer…confíen, arriésguense, verán que dejará de doler. Coordinación. JSMF – VIVA CRISTO REY!