EDITORIAL

¿POR QUÉ FRACASAN LOS MATRIMONIOS?

Muchos de los que hoy viven el dolor de un matrimonio fracasado, se preguntarán: ¿Qué pasó con mi matrimonio, por qué fracasó?….. Cada uno culpa al otro, pero en un conflicto de parejas, no hay un culpable, hay dos. Puede que uno tenga un mayor porcentaje de culpabilidad que el otro, pero en el resultado actuaron los dos.

Encuentro una gran diversidad de casos y, en ningún momento, me parcializo por ninguno de los dos, solo buscando que se reconcilien, porque lo que menos quiere Dios es que las familias, Su iglesia doméstica, vayan a derrumbarse. Hablo con cada uno de los esposos, independiente el uno del otro y, si es posible, llegado un punto de equilibrio, los reúno a los dos, para definir, con el perdón y el arrepentimiento, una posibilidad de arreglo, y si es posible, antes de que fracasen en su unión. Nadie quiere fracasar. Pero, desafortunadamente, puede más la falta de cambio en alguno de los dos, y el fracaso matrimonial se impone, así se tolere por un tiempo su tensión y el desastre que están viviendo en sus corazones y en sus mentes.

¿Por qué fracasan los matrimonios? Pregunto. ¿Porque se acabó el amor? No, porque no hubo amor real desde el comienzo, no pasaron de la etapa de enamoramiento y empezaron a vivir un sentimiento que no era un verdadero amor, amor superficial, un sentimiento de amor confundido con atracción. Un sentimiento, que no merece el nombre de amor, un amor sensible, amor superficial y erótico, ni feo ni malo, sino insuficiente. Alcanzó para una primera etapa, con frecuentes experiencias sexuales, amor que se quedó sin crecer, sin madurar, hasta que se produjo la rutina, el cansancio, vino la franqueza, que hiere, un amor irracional; se cantaron, entre sí, unas cuantas verdades, que fueron mostrando el cobre del corazón, con palabras duras, a veces groseras, semanas o meses de silencios largos, cuando no, de peleas diarias, de irrespetos mutuos, a veces maldiciéndose, sin importar cómo se hiere el uno al otro. Vinieron luego la distancia, los desacuerdos de fondo, el andar cada uno por su lado, buscando espacios para bajar la tensión, la duda, tratando de apagar incendios y de que las cosas no pasaran a mayores, porque hay niños pequeños que no conviene desequilibrar y perjudicar.

Hasta que llegó lo que se temía: La ruptura, el fracaso, la separación, después de dos, cinco, diez años o más de matrimonio. “Lo nuestro terminó” que cantó lacónicamente el inolvidable Jorge Villamil, compositor colombiano.

Tantos matrimonios se vienen acabando o se acabaron por falta de amor. El amor entre personas, suele ser un proceso con comienzo, desarrollo, madurez y perfección, etapas que no suelen recorrerse siempre y que dan por resultado el fracaso matrimonial. ¿Qué sucedió? ¡Falta de amor verdadero!…. La convivencia, en pareja, es un proceso de toma de conciencia cada día: ¿Por qué y para qué estoy aquí?… Nadie nos obligó, fue decisión de cada uno, y Dios empieza a actuar, si le abrimos el corazón a Cristo. Pero cuando nos abandonamos al vaivén de la vida, sin aplicar correctivos de verdad y conciencia, caemos en el abismo de la zozobra y de la duda y el desamor no se deja

esperar. Solo Jesucristo es el lazo de unión entre las parejas, porque solo por Él se llega al amor verdadero….

“El amor humano es capaz de desplegar toda la hondura de su misterio cuando ambos cónyuges aprenden a amar, a crecer, a profundizar en el amor, a ser maduros en la entrega, a vivir el uno para el otro. La persona es un misterio. Laín Entralgo, el gran pensador español, ya fallecido, expuso la curiosa impenetrabilidad de la persona. Fue más fácil para Miguel Ángel sacar a luz la figura oculta en el pedazo de mármol de Carrara, hasta llevarlo a la perfección y labrar el David, de la Academia de Florencia, que para unos esposos labrar la figura perfecta de su amor. Pero es posible, es necesario, es toda una obra de arte. Los recién casados no saben la tarea que les espera al salir de la iglesia o de la notaría: ‘hacer de dos uno’ a fuerza de amor creador; hacer de dos vidas, de dos culturas, de dos familias, un solo ser, bajo el golpe diario, delicado y sutil del amor, que hace las veces del buril de Miguel Ángel”.

Si fracasan los matrimonios, digamos la verdad, no es porque haya fracasado el amor, sino porque el verdadero amor nunca llegó. Porque nadie les enseñó a amarse en profundidad. Las facultades de psicología deberían organizar cursos sobre cómo madurar en el amor. Porque los nuevos esposos no supieron ir más allá de la simpatía, del amor light, de encuentros deliciosos, a flor de piel, pero que poco tenían del verdadero amor, de ese amor que debe ir más allá de la piel, del encuentro sexual, de afectos y besos, de un saludo en la mañana, o de un “buenas tardes, mi amor” al regresar a casa o antes de dormirse en las noches. Faltó algo más de fondo, algo más profundo, que se da en el diálogo, en saber ceder, perdonarse, ayudarse, comprenderse, ir penetrando en el tú, en el hondón de la otra persona, impenetrable, en un primer momento, pero que va cediendo al golpe suave del buril, de la palabra oportuna y del silencio creativo, de la mutua presencia de la comunicación.

La palabra de Dios dice: “En cuanto a ustedes, cada uno ame a su esposa, como a sí mismo, y la mujer, a su vez, respete a su marido” (Efesios 5:33). Para la mujer que es más sentimiento y corazón, es más importante el amor y para los hombres que somos más mente que corazón, es más importante el respeto que el amor. El los EE.UU se hizo una encuesta entre 400 hombres casados, con dos preguntas: “Usted qué prefiere una esposa que lo ame pero no lo respete, o una mujer que aunque no lo ame lo respete. Creo que no es difícil saber cuál fue la respuesta del 99% de los encuestados, que eligieron la segunda pregunta. En la medida que la mujer recibe amor de su marido, ella le devuelve respeto, y en la medida que el hombre recibe respeto de su esposa, le da más amor a ella, esa posición llegan a una convivencia ideal. En muchos matrimonios no se tuvo en cuenta este aspecto de preferencia del género, el hombre, por ser más frágil cae en la infidelidad y la mujer en el irrespeto y en el desamor. Escuchaba a un sacerdote decir en una predicación, “El hombre, como género, sabe amar y traicionar al mismo tiempo”, y esto es por falta de conciencia ante sus obligaciones de esposo fiel, que juró ante el altar o ante el juez, en el momento de contraer matrimonio, y en muchos casos, el irrespeto de la esposa lo empujaron al alejamiento. Entre el respeto y el amor se llega a un diálogo sincero.

Los esposos deben llegar a decirse: “No te conocía, pero ahora te conozco, te aprecio, creo en ti, te amo con lo más profundo de mi ser”. Y habrán entrado en la etapa del amor eterno, fiel e indisoluble.

RODRIGO LOAIZA ÁLVAREZ Colombia