Hermanos, mi historia es un poco larga, pero necesito contarla para dar testimonio a todos aquellos que aún tienen dudas del poder de Dios para restaurar su matrimonio. Me casé en el 2004, seis meses antes quedé embarazada. El qué dirán me llevó a tomar una de las peores decisiones de mi vida: el aborto. Lo hice convencida de que era lo mejor y realmente lo creí por muchos años, meses después nos casamos.

Al principio todo parecía ir bien, pero a los dos años, mi esposo me dijo que no era feliz, enlistó todo lo que le molestaba de mí y terminó su discurso diciendo que si quería tener un hijo, buscara a alguien más. Quedé perpleja, pero la verdad yo era tan feliz que pensé que había sido sólo un arranque. Pasaron los meses y comenzaron las peleas aunque, según yo, nada fuera de control. Un día, mientras estábamos de vacaciones, oí que recibía y mandaba mensajes de su celular antes del amanecer. Cuando tuve oportunidad revisé su teléfono y encontré mensajes de una mujer a la que le decía que quería mucho, que la extrañaba y que ansiaba regresar para estar con ella. Yo le reclamé, él dijo que era sólo una amiga. No le creí, peleamos y lloré sin parar no uno ni dos días, semanas.

Finalmente dijo que necesitaba alejarse de mí, que me fuera de casa por algún tiempo, yo me hundía cada vez más en la depresión. Un día entendí que no había vuelta atrás, también estaba cansada de pelear, de llorar, y decidí irme. Él planteó una separación de tres meses, en principio. Pero las cosas no parecían mejorar, yo le hablaba y apenas contestaba, le pedía que nos viéramos y accedía pero ya que estábamos juntos lo notaba molesto y mientras más pasaba el tiempo yo me desesperaba más y sólo conseguía alejarlo más. Cinco meses después, encontré el libro de Cómo Dios puede y va a restaurar su matrimonio, Lo leí, me puse a orar y dejé de molestarlo. Antes de un mes me pidió que regresara. Tan pronto como estuve con él, dejé de lado a Dios. Me olvidé de rezar y poco a poco los problemas regresaron. No le perdonaba que me hubiera echado de su vida esos seis meses. Volvieron las peleas y esta vez fueron peores. Como parte de mi depresión comencé a sentir una desesperanza profunda. Una madrugada desperté, sentí a mi esposo a mi lado y pensé Dios mío, ¿por qué sigo viva? Quisiera dormir para siempre.
Al siguiente día, cuando recapacité lo que me había pasado decidí buscar ayuda profesional. Otro gran error, fui al psiquiatra, me medicó de inmediato y empecé a mejorar, me sentí fuerte y valiosa. Uno o dos meses después empecé a acercarme a un compañero de trabajo con el que terminé teniendo un romance. Así pasó un año: con peleas y gritos en casa y la OM en la oficina. En una de tantas peleas le pedí el divorcio a mi esposo. Comenzó un largo periodo de confusión. Cuando él decía que lo intentáramos otra vez yo decía no más y cuando él me decía hasta aquí yo le suplicaba no me dejes, hasta que se cansó y terminó fijando fecha a la separación: 30 de noviembre. Me fui y durante un mes prácticamente viví con la tercera persona. No supe nada de mi esposo, finalmente no tuvimos familia, nada nos unía. Sólo lo recordaba con coraje. Cuando la tercera persona me dijo que compráramos un departamento pequeño entre los dos, accedí. Y a pesar de que se presentó una oportunidad dejé pasar el tiempo.

Hoy sé que Dios estaba actuando. En eso estábamos cuando un día, por accidente, me entero que mi mejor amiga tenía una relación con mi aún esposo. Si, eran novios. En una serie de correos electrónicos, leí todo tipo de promesas de amor e intimidades. Él le ofrecía a ella lo que a mí me había negado: una familia. Quería que le diera un hijo. Les puedo decir que me sentí muerta en vida. Después vino el coraje. Hice todo lo que no debía: le llamé a su mamá y le conté lo que su hijo había hecho (claro que nadie sabía lo que yo le había hecho él y estaba haciendo), le conté a mis amigos, hermanas, cuñados, junté ropa, zapatos, computadora, celulares, películas, discos compactos, relojes y hasta el anillo de compromiso y de matrimonio, y se los fui a dejar, literalmente, a su casa. A ella le mandé un mensaje de celular para agredirla. Ambos me llamaron. A ella no le contesté, a él le dije que le deseaba la muerte y lo maldije una y otra vez.

En mi desesperación, busqué a un brujo para que le hiciera un ‘amarre’. El brujo dejó pasar varios días, después me dijo que ella le había hecho un trabajo y que yo tenía que hacerle otro (más caro, por supuesto) para que él volviera. Estaba tan hundida que entonces pensé en Dios. Más de un año lo había dejado fuera de mi vida y lo había ofendido una y otra vez, y sin embargo, fue el único que me extendió la mano. Así, con una restauración fallida y cargando el peso de pecados mortales como el aborto, el adulterio y la brujería comencé mi segundo proceso de restauración. Lo primero fue pedirle perdón a Dios por todo lo que había hecho. Era algo que sólo a Él le podía decir, porque ante todos yo era la víctima. (Sólo mi amiga sabía de mi amante. Y, obviamente, ella le había contado a mi esposo.) Ya sabrán lo que todo mundo me dijo…“que lo olvidara, que no valía la pena, que era lo que necesitaba para darme cuenta de qué tipo de hombre era. Pasé semanas llorando y angustiada porque no sabía si Dios podía perdonarme.

Dos semanas después me confesé y le conté todo al padre. Desde mi aborto (aunque ya había confesado ese pecado y había sido absuelta, la verdad no había sentido arrepentimiento, por eso volví a confesarlo.) Dios me mandó un representante muy comprensivo, porque me absolvió, me dejó una penitencia mínima y me dijo que dejara pasar un tiempo y que si no se arreglaban las cosas, rehiciera mi vida. Aún con la absolución, mi corazón no descansó. ¿Realmente me habrá perdonado Dios?, pensaba: ¿Así de fácil?, ¿será que me perdonó pero mi penitencia es quedarme sola?, me decía una y otra vez. Era una tortura. Así llegué a Ministerios de Restauración y después a JSMF. Leí artículos, oraciones y testimonios, pero no encontraba nada para mi caso. Todos eran hombres y mujeres fieles a sus esposos/as luchando por mantener unida a una familia. Mientras más leía más me sentía desesperada. ¿Y yo? Yo no había sido fiel ni tenía hijos… Me sentía sola… ¿Qué motivos tendría Dios para restaurar mi matrimonio?…

Un día leí que debía pedirle a nuestro Padre que abriera nuestro corazón para escuchar su Palabra. Un día llegué a misa y eso hice. Y cuál fue mi sorpresa, el Evangelio era justamente el de la mujer adúltera “El que esté libre de culpa que tire la primera piedra”, “Mujer, nadie te acusa.” “Vete y no vuelvas a pecar”… El padre explicó que Dios perdona, sin excepción, y dijo “lo pasado es pasado, ya, se fue.” Y citó el Salmo “Dios no está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo”, bendito sea Dios que se apiadó de mí, no sólo perdonó mis pecados escarlata sino también mi poca fe, porque tuvo que decirme las cosas así de claras para que creyera en Su Misericordia.

Pero la Palabra dice “confiésense los unos a los otros” sus pecados. Yo tenía que pedirle perdón a mi esposo por mis pecados, incluido el adulterio. Cuando me casé en corto el padre nos dijo: “Jamás, reconozcan que fueron infieles, porque es algo que la pareja no puede perdonar”. Y ahí estaba yo, escribiendo una, dos, cinco, diez versiones de cómo confesarle y pedirle perdón por mi adulterio. Busqué la forma de lastimar menos. Le mandé un email, le dije que ya le había pedido perdón a Dios y que también le pedía perdón a él. No contestó.

A pesar que sabía que Dios me había perdonado, pasaron varios meses antes de convencerme que su promesa de restauración matrimonial también era para mí. Mi siguiente paso fue preguntarle a Dios ¿qué quería que yo cambiara? y estaba más que claro, aunque había pedido perdón y me había arrepentido, el enemigo no se iba a ir así de fácil, la tercera persona rondaba todo el tiempo en mi cabeza. Además, la tenía cerca, buscándome, insistiendo, mientras que mi esposo estaba lejos y enojado conmigo, por supuesto. Ya se imaginarán la desesperación en esos días cuando me sentía sola y sabía que un hombre por el que sentía gran atracción estaba tan cerca de mí. Gloria a Dios que evitó que cayera en la tentación.

El siguiente paso fue perdonar a mi esposo y a mi ex mejor amiga. La verdad, a él pude perdonarlo relativamente fácil, con la ayuda de Dios, pero ¿qué mérito tenía yo? si bien dice su Palabra que es a los enemigos a quienes debemos amar, pasé meses pidiéndole a Dios que me permitiera perdonarla. Con mucha oración y sin saber si seguía siendo novia de mi esposo, logré verla sin rencor (a diario nos encontrábamos en la oficina). Aunque el proceso era en ese entonces muy doloroso, era claro cómo Dios estaba obrando en mi vida porque, puestos mis ojos en Él, yo pedía y Él, por su misericordia y piedad, me concedía.

Animada por la Grandeza y el Poder de mi Señor, seguí pidiendo: “Padre, derrama tu Espíritu Santo en mi corazón para que crea en Tu Promesa”. Así, día y noche, pidiendo a Jesús que aumentara más mi fe. Misas y comuniones diarias, ayunos, visitas al Santísimo, novenas, rosarios, oraciones y más oraciones. Al tiempo, tuve la certeza que mi matrimonio sería restaurado, lo sabía. Era mía la Promesa y no me la iba a robar el enemigo con sus intrigas. Debo confesar que estaba tan segura de su misericordia, piedad y poder, que este relato de cómo Dios restauró mi matrimonio lo inicié, varios meses, antes que ocurriera el milagro, porque sabía que daría mi testimonio.

Había ya pasado medio año sin ver a mi esposo, aunque habíamos cruzado una docena de correos y mensajes de texto, la mayoría eran totalmente intrascendentes. No sabía si seguía con ella, pero no importaba, Dios nos ordena dejarlo trabajar detrás de la montaña, no luchar en la carne y ganar la batalla sin una sola palabra. Un día antes de nuestro aniversario de bodas visité al Santísimo. Sabía que venían horas difíciles. Me arrodillé y le dije: “Dios mío, yo he tratado de hacer y te he pedido que me ayudes a hacer lo que Tú me has instruido, hoy te pido que si mi matrimonio no se va a restaurar, permitas que mi corazón no espere más el regreso de mi esposo”. Llegué a casa y me tumbé en la cama a llorar, como hacía rato no lo hacía.

Al día siguiente, le envié un mensaje de texto recordándole nuestro aniversario. Él llamó por teléfono y sólo dijo que si los aniversarios iban a ser así, de lejos, que podríamos cumplir hasta diez años. Ese día pensé en visitar a la iglesia donde me casé. Pero le dije, Virgen Auxiliadora, perdóname si no te visito, pero sé que me voy a poner muy mal. En eso estaba cuando recibí una llamada de mi esposo diciendo que iba a pasar por donde yo vivía y que si se me ofrecía algo. Le pedí que me acompañara a comprar mi despensa. Cuando llegamos a mi casa entró, sentados en la mesa platicamos, le dije que estaba trabajando en el perdón y que no tenía ningún interés en saber nada de lo que había pasado o estaba pasando entre él y mi ex amiga. Él sólo me dijo que no sabía qué iba a pasar entre nosotros. Después me abrazó, me besó y me invitó a cenar. Ese día pude ver lo que yo ya creía: Que Dios estaba cumpliendo en mí Su Promesa: “Gloria a Dios.”

Esa noche llegué a casa y, como bien dicen todos los testimonios de restauración, el enemigo se hizo presente. Como por arte de magia y después de varios meses de no hacerlo, empecé a pensar en la tercera persona. Casi una semana estuvo rondando en mi mente la idea de llamarle, de pedirle que nos viéramos, de estar con él. Fue muy difícil resistir, y sólo lo logré de la mano de Dios. “Dios mío, ayúdame a sentir repulsión por las situaciones tentadoras”, repetía una y otra vez. Finalmente el enemigo se alejó. Después de algunas citas esporádicas con mi esposo quedé embarazada, por Gloria y Misericordia de Dios. Volví a casa el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, por si quedara alguna duda de la ayuda del Santísimo Rosario en esta historia de sanación matrimonial. Hoy nuestra hija tiene medio año.

Doy mi testimonio para todos aquellos que están en la lucha. Para aquellos que tienen dudas de la ¡Misericordia y del poder de nuestro Padre Celestial!. Actualmente, el enemigo sigue rondando. Ya no bajo la misma forma de antes, pero puedo reconocer su rostro. He cometido nuevos errores. He sido tibia, he bajado la guardia, pero volveré a la batalla una vez más y cuantas veces sea necesario para restaurar mi matrimonio y edificarlo sobre la roca, porque “Lo que Dios unió, el hombre no lo separe.” Amén.