El temor y la rabia 

Queridos(as) hermanos(as) en Cristo: Todo problema de pareja genera temores, vacíos, inestabilidad, desolación, contradicciones. Se mezcla el recuerdo de lo hermoso con un presente frío y un futuro casi tenebroso y esta mezcla de ideas, recuerdos y sentimientos se traduce en miedo. El miedo se define como una reacción anticipada ante un peligro real o irreal y normalmente, sobredimensionamos los peligros permitiendo que el miedo nos domine. Ahora bien la rabia aparece como reacción al miedo y genera comportamientos agresivos, de huida, enfrentamientos innecesarios y profunda desolación pues, una vez ha tomado imperio, nos hace sentir, hacer y decir cosas de las que, tarde o temprano, terminamos arrepintiéndonos. Tenemos pues dos vendas que cubren nuestros ojos y pueden hacer que todo proceso de sanación y restauración tarde más de la cuenta. Nos sumimos en un vaivén de emociones casi opuestas: vamos de la calma aparente a la agresividad extrema; de la “resignación” al dolor profundo y casi aceptación de la pérdida. ¿Qué hacer? El Señor nos dice, claramente: “aprended de Mi que soy manso y humilde de corazón”. Imaginamos a Cristo pacífico, en un estado de tranquilidad sobrenatural bastante lejana de nuestra naturaleza. Olvidamos que Dios mismo se hizo hombre y asumió nuestra naturaleza en todo, menos en el pecado. Fue ofendido; sus discípulos, de dura cerviz, no entendían sus Palabras; sus enemigos le ponían trampas y sus amigos lo abandonaban. ¿Acaso el Señor era insensible ante las negligencias y maldades de los que había venido a rescatar? No, sentía, sufría, lloraba y se enojaba. Pero jamás se dejó dominar por el miedo y la rabia. Podemos comprender, entonces, que estos dos sentimientos no provienen de Dios. Son estas malignas inclinaciones las que engendran guerras, separaciones y divisiones irreconciliables. Aceptándolas y permitiéndolos que nos dominen, estamos haciendo más pesada la cruz y entorpeciendo el trabajo de un Dios que nos quiere, en primer lugar, “semejantes a Él” (“Sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso” “Sed perfectos como el Padre es perfecto”).

Decimos, con razón: “Primero el reino de Dios y su justicia y lo demás se nos dará por añadidura” Bien, es el amor el Reino de Dios, y no otro. Pero el amor y la rabia son incompatibles; el amor y el miedo no pueden coexistir. Para ti que aún temes, para ti que aún tienes rabia: Pide al Señor que te haga manso(a) y humilde de corazón, a su Imagen y semejanza. ¿No estás cansado de pedir con dolor en el alma? ¿No estás agobiado de recordar todos los pecados e indiferencias de tu cónyuge cuando elevas los ojos al cielo? ¿No te desgasta temer que jamás se dé la restauración de tu matrimonio a pesar de tus muchas oraciones y sacrificios? Ya, abandónate y cree: ” Todo lo que pidas en oración cree que se te ha dado”. ¡Créelo! El Señor lo dice, es su Palabra y es verdad. Pero mientras temas tendrás una porción en tus manos. Déjalo todo en el Señor. “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, os aseguro que diríais a ese sicomoro: arráncate y plántate en el mar. Y él os obedecería”. ¡Créelo! ¡Proclámalo! ¿Acaso el Señor no viene a ti, diariamente, bajo la apariencia de Pan? ¿Acaso no te ha dado fortaleza para llegar hasta aquí? ¿Acaso no crees que El Señor todo lo puede? Él solo te pide fe. Es tu parte. Pero recuerda que tener fe no es repetir y repetir con lágrimas. Es pedir creyendo que el Señor, que está por encima del tiempo, Ya bendijo tu matrimonio, ya lo restauró. “De manera que ya no son dos sino uno. Lo que yo he unido no lo separe el hombre”. Esa, querido(a) Es la Voluntad de Dios. ¿Necesitas más pruebas? ¿Necesitas más señales del Cielo? Esto es Palabra de Dios y es verdadera y eficaz. Anímate y levántate que el Señor necesita de soldados, no de plañideras. Ármate con las armas del Señor y lucha. Pero todo buen soldado come, duerme, hace otras muchas labores que le competen: disfruta con tus hijos, trabaja, recréate, mira una buena película, escucha música y alaba a Dios porque es bueno, porque es infinita su misericordia. Se prudente. No hostigues a tu cónyuge. Piensa que, como el hijo pródigo, necesita experimentar lo que ha pedido para retornar a su hogar. El Señor te lo ha prometido: tu esposo(a) regresará renovado, hermoseado, acrisolado. Desecha los dos diablillos que pueden convertirse en monstruos inmanejables: miedo y dolor. Solo así darás paso a la misericordia y a la humildad con la que el Señor desea adornarte. Un abrazo en Jesús Eucaristía, fuente viva del amor. Miembro de JSMF.