Palabras claras, sencillas y contundentes de una realidad que es evidente, pero que muchas veces no queremos percibir, sobre todo cuando permitimos que el egoísmo y la soberbia se apoderen de nosotros. Es muy sencillo, el abrir la puerta en nuestra mente y corazón al divorcio, no estamos dejando entrar sólo el “rehacer nuestra vida”, dejamos entrar la incertidumbre, el temor, la sospecha, una actitud defensiva, miedo al futuro y muchas otras cosas que ni siquiera suponemos. El verle a algo solamente las ventajas, es señal de nuestra inmadurez para tomar decisiones, ojalá que nos demos cuenta, como lo expresa el santo Padre, que no necesitamos más que el ” sentido común.” Ojalá podamos difundir estas palabras que ayudan a poner en claro lo que supone el elegir esa “espada de Damocles” para nuestras vidas y la de nuestras familias.

 EL SACRAMENTO DEL ADULTERIO JUAN PABLO II 12 de abril de 1974

De “Humilditas”, Noviembre de 1989. No comienzo por el evangelio o por el Concilio, sino por Sofía Arnoldo, cantante francesa. Ella ha definido al divorcio: “El sacramento del adulterio.” El tal sacramento no lo ha querido aceptar Alcibíades, uno de los hombres más inteligentes y extravagantes que tuvo la antigua Grecia. La esposa Aparata, afligida por las escapaditas de él, fue a ver al arconte para pedir el divorcio. Pero Alcibíades, advertido, se llegó al magistrado al mismo tiempo que la esposa; sin dejarla hablar, la levantó, se la cargó al hombro y se la llevó a casa, afirmando: “Sin ti no podemos vivir ni yo ni nuestros hijos”. Yendo más allá de Alcibíades, pienso que el amor matrimonial sea donación de sí al otro, pero tan íntima y noble, tan ideal y confiable que, de una parte pretende todo, de la otra excluye a todos. Aquel amor es amor decapitado, si admite reservas, provisionalidad y anulación . Así que el divorcio es una espada de Damocles sobre el amor de los cónyuges: genera incertidumbre, temor, sospecha. “¡Quizá mañana me dejará! ¡Quizá irá con aquélla que hoy le hace de secretaria, tan joven, tan bonita, tan instruida!” La convivencia misma no es más abandono confiable y donación serena de sí, sino temor, defensa instintiva, preparación a un mañana distinto. También la maternidad suscita temores (“¿Por qué traer al mundo hijos si mañana nos separamos?). Hasta los momentos de intimidad están surcados de tristes presagios (“Y si mañana otra llega a saber, burlándose de mí, lo que sucede entre nosotros”). El divorcio quita ayudas y amparos necesarios para nuestra debilidad. Nosotros, en efecto, no somos ángeles; también en las parejas más afortunadas son inevitables las dificultades: pequeñas crisis, malentendidos, litigios, desacuerdos, explosiones de temperamento, palabras que se le escapan a una esposa cansada y susceptible. Si no hay divorcio en perspectiva, se trata de superar estos momentos de tensión y de evitarlos en el futuro. “Me gusta aquella mujer, pero es necesario que me retenga; estoy ligado para siempre”. “Me haría la coqueta con aquel hombre, pero es casado; no sería sino una relación irregular y deshonrosa; mejor olvidarse”. Trato de explicarme mejor: puede suceder que un esposo o una esposa aun siendo buenos que sean tomados imprevistamente e inexplicablemente por una pasión vehemente ¿cuál es la fuerza en aquel momento de crisis? Esta: saber qué tentaciones de esa clase ni siquiera se discuten, sino que se cortan con un corte neto, de inmediato. ¿Cuál es, en cambio, la debilidad? Esta: poder decir a sí mismos que, en fin, cediendo se pone más bien al margen de la ley delante de Dios, pero que existe el medio de mantener alta la cabeza ante de los hombres. El divorcio civil es justo esto: el medio ofrecido por la ley para mantener alta la cabeza ante la sociedad, no obstante en conciencia se esté fuera de lugar. “Sacramento del adulterio”. Tenía razón Sofía Arnoldo al menos en ciertos casos. Más que el hombre, en el divorcio, es víctima la mujer. Él, aún si tiene cincuenta años, especialmente si está bien provisto de dinero, encuentra fácilmente una mujer joven, agradable, con la cual “rehacerse la vida”. ¿Pero ella? Especialmente si está un poco estropeada, porque ha dado todo al marido, al trabajo, a los hijos, ¿quién la quiere? Hela aquí arrojada a la basura como un limón exprimido, destinada casi siempre o a una soledad llena de tristeza o a una vida de costumbres no buenas. “Pero hoy la mujer tiene más independencia, he sentido decir, trabaja fuera de casa con seguro y perspectivas de pensión. Si inocente, tiene también el cheque del ex marido”. Todo lo que quieran, pero no se vive sólo de pan, especialmente cuando se estaba dedicado con todo el propio ser a un ideal, que se identifica con una persona. He visto recientemente el tormento de una madre separada del marido, a quien se le concedió tener al hijo quinceañero por dos horas por semana solamente. ¡Ella no causa envidia verdaderamente! He mencionado a los hijos. A la tragedia. El pollito, cuando está maduro, rompe con el pico la cáscara del huevo y salta hacia afuera, está ya vestido; luego de pocos días come por sí mismo, se busca la comida; y está en grado de recorrer su camino por cuenta propia, independientemente de la clueca que lo ha empollado y cuidado. No así nuestros niños, no a siquiera nacido el hijo, y la madre ya se atarea y los padres comienzan a gastar en el pequeño ajuar, nacido, se sigue gastando por él: ropita, mediecitas, minúsculos zapatos, lencería luego vienen juguetes y libros. A los catorce años, el hijo frecuenta todavía la escuela secundaria y los padres gastan para la escuela y las repeticiones y el dinero es todavía lo menos: aumentan, con el paso del tiempo, las preocupaciones; y los exámenes, y el puesto de trabajo, y el logro en los estudios, y el nivel de vida, y el matrimonio. A menudo el hijo tiene 25 años y pesa todavía en las espaldas de los padres que pagan sus estudios en la universidad. He dicho “los padres”. Quiero decir, los dos; quiero decir, sus padres, quiero decir que él, no sólo tiene necesidad de una familia, sino de su familia. Supongamos ahora que la familia se rompa: padre aquí, madre allá. ¿Con quién va el hijo? ¿Con el padre? Y entonces, también con una sesuda madrastra: pero no podrá olvidar a la verdadera madre y comenzará enseguida a juzgar al padre. A los catorce años, con las palabras o con la actitud, le dirá: “¿Por qué está ésta aquí? ¿Qué has hecho con mi madre?”. En esta situación, ¿cómo le es posible al padre tener prestigio delante del hijo? ¿Va, en cambio, con la madre? Si se queda sola, ¿será ella capaz de dirigir, sin su marido, la formación de un muchacho que está haciéndose hombre? Si junto a ella hay un sesudo padrastro y unos hermanastros, volvemos a la situación mencionada antes: drama íntimo y camino a una vida atormentada. Todos motivos sentimentales son también los casos piadosos y dramáticos, que se llevan para legitimar el divorcio. De acuerdo, estos casos existen y merecen tanta comprensión. Permanecen, sin embargo, como casos excepcionales y no conviene que una ley estatal, para remediar las excepciones, ponga en peligro a toda una comunidad. Es la tesis de la novela un divorcio de Paul Borge. En el barco estalló el cólera y las autoridades del puerto impiden el desembarco a todos los pasajeros. Pero uno de estos da un paso al frente: “Señor capitán, tengo en tierra a mi papá que está por morir, me ha llamado desde América por telegrama, ¡déjeme descender!”. “¡Me duele tanto, responde el capitán, pero no puedo: no debo, para ayudarte a ti, exponer a una ciudad entera al peligro de un contagio!”. En los estados divorciadas ha sucedido. “Es solamente una pequeña abertura”. En cambio, nadie más ha sido capaz de cerrar la puerta y de poner un freno al divorcio propagado. Forzosamente: una vez inducida la costumbre, hacer el divorcio es como tomar un vaso de agua. He escrito, lo repito: no a la luz del evangelio o del Concilio, sino pienso del sentido común.