Siempre que utilizamos la palabra cónyuge le damos un significado neutro: puede aplicarse indistintamente tanto al esposo como a la esposa. El cónyuge ideal será aquel que se sienta tan seguro de sí mismo que jamás me considere su rival sino que, al contrario, vivamos los dos para siempre como compañeros leales para una causa común. Un cónyuge que establezca un espacio de libertad, que todo lo que diga sea pura transparencia, de tal manera que yo no sienta temor de manifestarle todo lo que siento en mi interior porque sé que no se ofenderá. Un cónyuge que sea capaz de remover las piedras del camino y que los dos juntos seamos capaces de caminar bajo el sol con la misma alegría que los niños cuando levantan castillos de arena en la playa. Un cónyuge que sepa que el placer del encuentro sexual es la canción de la libertad como cuando nuestras alas se extienden al sol. Nosotros sabemos que ninguna marea borrará las huellas de nuestros pies, porque un día venturoso nos encontramos en un mismo sueño. El cónyuge ideal será aquel que tenga conciencia de mi fortaleza y debilidad sin que nunca se le ocurra aprovecharse de ellas. Sus brazos sean refugio para mis momentos de zozobra; y sea mi fortaleza trinchera abierta para sus combates. Un cónyuge que sabe que no se pueden atrapar las tormentas con una red y que seremos libres cuando nuestros días y nuestras noches estén exentos de turbación, pues aquel día nosotros seremos como una torre levantada sobre la cima de un alto cerro. Un cónyuge que sepa respetar y reconocer mis carismas personales y mis cuadros de valores, para, sobre ellos, edificar, juntos, un sueño antiguo. El cónyuge ideal es aquel que no teme entrar en el recinto de la ternura , no siente rubor de confesarse débil, ni se avergüenza de solicitar mi estímulo para la lucha de cada día. Un cónyuge que no interpreta el amor como debilidad: que, porque me ama, piense que yo soy el vencedor, o al contrario, por el hecho de amarlo yo, él se sienta superior. Un cónyuge que sea para mí un manto de protección frente a las asechanzas del exterior, pero también que me proteja de mí mismo. Un cónyuge que sabe de mis errores y los acepta sin recriminación, y camina a mi lado para corregirlos. Un cónyuge que sabe que el amor siempre cantará sin necesidad de dar explicaciones. Un cónyuge que cada amanecer alimenta el amor con un nuevo panal de miel ; y que, antes de que salga el sol, se dirige al jardín interior para cortar un clavel cubierto de rocío, y me lo ofrece sin palabras. El cónyuge ideal es aquel que sabe que nuestro matrimonio es como un mar dilatado y que nosotros dos somos navegantes que todos los días salimos a alta mar para descubrir nuevos mundos en aguas desconocidas. Un cónyuge que sabe que la realidad del otro no está en lo que revela sino en lo que no se puede revelar. Un cónyuge que sabe y acepta que, para descubrir la verdad, se necesitan dos personas: una para decirla y otra para escucharla. Un cónyuge que sabe que cuando damos la espalda al sol (del otro cónyuge) sólo vemos sombras. El cónyuge ideal es aquel ser capaz de vibrar, como las cuerdas de un laúd, ante la belleza y el éxtasis de la vida, porque la vida es así: se puede silenciar la cítara aflojando las cuerdas, pero ¿quién podrá silenciar a las alondras del cielo? Un cónyuge que tenga los ojos abiertos al misterio general de la vida aceptando con igual serenidad el dolor y la alegría, sin asustarse de la marcha zigzagueante del ánimo humano. Un cónyuge que, sentado a la sombra de una fortaleza, se mantenga inmutable ante las adversidades, sin dejarse abatir por los fracasos, transformando los contratiempos en estímulos, e irguiéndose una y otra vez sobre las cenizas del orgullo. Un cónyuge, en fin, capaz de responder con todo el peso de la dulzura cuando de improviso surge el gesto amargo, que jamás resbala por la pendiente de la ironía o de la ofensa, y que cada día amanece regalando una aurora, sin permitir jamás que las cadenas se enrollen a la cintura de la libertad. Y así, mientras las estrellas duermen silenciosas en la oscuridad de la noche, nosotros vamos navegando hacia aquella lejana playa que siempre soñamos.