Mi esposo y yo nos conocimos en el trabajo, después de algunos meses compartiendo en un ambiente laboral y social con los compañeros de este trabajo, nos hicimos novios, más o menos un año y medio después de iniciar esta relación y dado que nos llevábamos muy bien y había mucho amor, respeto, detalles, empatía sobre todo con mis hijos (en ese momento tenía dos hijos de una relación anterior no matrimonio anterior) y muchas otras cosas hermosas más, decidimos casarnos.

La familia de mi esposo casi no me conocía, porque ellos viven en otra ciudad más bien distante de donde vivíamos nosotros, por esto solo nos habíamos visto un par de veces. Ellos, una familia cercana a Dios muy adeptos a la oración y a la vida sacramental, al saber que nos íbamos a casar decidieron pedir oración a un sacerdote para nuestro futuro matrimonio, y ahí empezó la prueba dura y el ataque del demonio a nuestra unión, estos sacerdotes y otras personas en oración le dijeron a la familia de mi novio, que él no se casaba por amor sino por efectos de brujerías que le estábamos haciendo mi familia y yo y un sin fin de cosas más por el estilo. Sin embargo gracias a que mi novio había sido educado en un ambiente de oración y de cercanía con Dios, él le pidió consejo a un sacerdote, él le dijo que hiciera la novena al Espíritu Santo y que orara mucho para que Dios le mostrara su Voluntad, mi novio obedeció y lo hizo, finalmente nos casamos por Voluntad de Dios.

Cuando nos casamos todo empezó a ir mal, pues adicional a los problemas que ya mencionamos, habían algunos otros generados por mi familia de origen, pero estos eran problemas que involucraban dinero, pues en nuestro afán de asegurar una economía estable para nuestro futuro hogar, durante el noviazgo habíamos puesto un negocio con mi familia y contrario a nuestros deseos este negocio lo único que nos trajo fueron problemas económicos y emocionales porque generó discordia entre nosotros y con mi familia. Con la suma de todos estos problemas, más el hecho de no haber llevado a Dios a vivir con nosotros a nuestro hogar y creyéndonos unos buenos Católicos, donde cada uno vivía la fe a su manera y se creía tan bueno que era capaz de señalar al otro; además cometimos un garrafal error muy frecuente en nuestros matrimonios que es poner a nuestros padres por encima de nuestro esposo o esposa, porque como desde siempre nos han enseñado que “primero conocimos a papá y mamá que ese aparecido o aparecida”. Todo esto nos hizo acabar rápidamente con nuestro hogar, casi sin haber empezado, porque regresando de la luna de miel ya veníamos peleados y con cierta inclinación hacia un camino de separación. El hecho de que cada uno defendiera a su familia de origen, es decir, padres y hermanos, por encima de los intereses de nuestro hogar, hizo que en mi esposo se generara un sentimiento de soledad y abandono de mi parte, y a mí me llevó a sentir que no tenía en él alguien que me cuidara y me “defendiera”; los dos nos sentíamos solos y sin apoyo, aunque acabábamos de jurar ante Dios en el altar que estaríamos juntos en las buenas y en las malas hasta que la muerte nos separara.

Aproximadamente a los dos meses de casados y después de vivir en una pelea casi diaria, por primera vez consideramos la posibilidad de separarnos, pero por Gracia de Dios, ahí empezamos a buscar ayuda, fuimos a terapias de pareja, retiro de matrimonios cuando apenas teníamos 7 meses de casados, buscamos ayuda con un laico que oró por nosotros y expulsó muchos espíritus, reprendió maleficios y muchas otras cosas más; todo esto sirvió mucho pero los problemas continuaban; una razón muy fuerte para que los problemas continuaran es que todas las personas que intervinieron nos decían que teníamos que orar mucho, rezar el Santo Rosario diario, llevar una vida Sacramental (confesión y comunión frecuentes ), tomar distancia con nuestras familias de origen pero nosotros no fuimos obedientes tomábamos impulso por una o dos semanas y luego de nuevo a lo mismo.

Así seguimos por espacio de 1 año y medio aproximadamente, por obra y misericordia de Dios mi esposo y yo cambiamos de trabajo, fuimos contratados por la misma empresa y ésta nos envió a trabajar a otra ciudad, en esta nueva ciudad tuvimos un nuevo aire, pero como los problemas no habían sido resueltos, estos también se fueron con nosotros. Ya teníamos encima el peso de una relación desgastada llena de peleas constantes, rechazos, desamor, indiferencia, intolerancia, maltrato emocional, de reproches, desconfianza (en este momento mi esposo pensaba que yo si le estaba haciendo brujería), juicios, donde yo creía que la culpa de todo la tenía mi esposo y que si él no cambiaba todo se acabaría y sería solo su responsabilidad, porque a mi mal juicio yo todo lo había hecho bien y el equivocado era él; lo malo era que mi esposo pensaba exactamente igual y por lo tanto ninguno tomaba una acción que llevara a mejorar la situación, porque los dos estábamos esperando que el otro lo hiciera. En estos meses intentamos varias veces empezar de cero, reiniciar haciendo borrón y cuenta nueva, haciéndonos a la idea de que acá no había pasado nada y podíamos mágicamente tener una relación nueva sacada de la manga, pero obviamente esto no funcionaba.

Luego de unos meses viviendo en esta nueva ciudad una noche todo llegó al límite y acá fue cuando como matrimonio tocamos fondo, yo le pregunté a mi esposo si él me amaba, frecuentemente lo hacía y él me decía que sí, aunque sus acciones demostraban todo lo contrario, pero esta noche fue diferente, él me miro a los ojos, como hace mucho no lo hacía y me dijo que no, que él no me amaba que tampoco me odiaba, que él no sabía lo que sentía pero que no era amor, ni cariño, ni lastima, ni nada, hoy en día él dice que en aquel entonces yo era para él como cualquier otra persona que se cruzara en la calle o en el trabajo o en cualquier lugar; en este momento yo sentí que el mundo se abrió en dos y se derrumbó todo a mi alrededor, sentí que todo era oscuro que me quería meter en un hueco y no volver a salir, mi mundo se derrumbó, le dije a mi esposo que yo no quería estar más allí con él que yo me iba a ir con los niños; salí al balcón del apartamento y lloré amargamente no sé por cuanto tiempo.

Cuestioné a Dios, no sabía por qué estaba pasando esto tan horrible, sentía que me dolía el alma y que Dios se había olvidado de mí, le imploraba misericordia, en ese momento le dije a Dios que yo no quería estar más allí, que yo me iba a ir y me iba a quedar sola con mis hijos, pero como Dios es un Padre amoroso y misericordioso se apiadó de mí y me habló, me dijo: ” ¿Te vas a dejar ganar del demonio? ¿Te vas a dejar quitar el regalo que yo te di?, ¿ese hombre es tu esposo porque yo lo quise así, yo lo tenía guardado para ti y ahora te lo vas a dejar quitar?”

Ese fue un momento maravilloso, fue uno de los regalos más hermosos que Dios me ha dado, en medio de mi dolor y de lo maravilloso del momento, yo cuestioné nuevamente al Señor y le pregunte que debía hacer porque mi esposo no aceptaba mis muestras de amor, no permitía que lo abrazara ni mucho menos que le diera un beso, ni tocarle ni siquiera una mano; el Señor me respondió nuevamente y me dijo: “Amalo, eso es lo que él necesita, necesita que lo ames, si quieres abrazarlo hazlo, él lo espera; si le quieres dar un beso dáselo él también lo quiere, ámalo” , en ese momento mi corazón se llenó de un gozo que no me cabía en el pecho, sentí una alegría inmensa que me salía por cada poro del cuerpo, me sequé las lágrimas y con una esperanza nueva me fui a dormir dispuesta a hacerle caso a Dios, y así lo hice.

Pero un tiempo después volví a caer en la tristeza y en la desesperanza que llega como consecuencia del desamor de tu pareja, nuevamente otra crisis, volvimos a pensar en separarnos y dijimos, bueno busquemos una ayuda definitiva y esto o se arregla o se acaba pero por nuestro bien no sigamos dándole largas a una relación que solo nos hace daño. Cada uno por su lado y a su manera, le pedimos a Dios que nos enviara una persona que nos ayudara, pues nuestro matrimonio tenía dos factores que influenciaban en los problemas, uno era el factor humano y otro el factor espiritual y ya habíamos tratado con sacerdotes, laicos, terapias, psicólogos, pero no habíamos encontrado la ayuda idónea para una solución integral. Y el Señor nos envió esa ayuda que fue una psicoterapeuta que ha consagrado su profesión a Dios y ahí empezó el Señor a obrar la solución, ella nos enviaba tareas tanto del lado humano para tratarnos psicológicamente como del lado espiritual para empezar a vivir un verdadero matrimonio con Dios, todo empezó a mejorar pero el amor que mi esposo había perdido no se restauraba.

Después de varios meses al ir finalizando el proceso, ella nos envió a un retiro de matrimonios bastante especial, y fue allí en un hermoso momento de adoración al Santísimo donde el Señor le mostró a mi esposo los impedimentos que había en su vida y que no permitían la restauración de su amor por mí. El Señor tuvo a mi esposo postrado de rodillas y con la cabeza abajo, llorando, limpiando su corazón cerca de dos horas, cuenta él que cuando trataba de levantar la cabeza para mirar al Señor que estaba expuesto no era capaz, “Era como si una fuerza muy superior a mí no me lo permitiera”. Luego de estas casi dos horas finalmente pudo levantar la cabeza y mirar al Señor, en ese momento me miró y su mirada era otra su rostro era diferente, de él salía como una felicidad, como una luz y me dijo: “te amo, te amo” me abrazó y lloramos pero ya no era llanto de tristeza ni de dolor era llanto de una felicidad, que no nos cabía en el pecho, yo no lo podía creer después de tanto tiempo sin que me abrazara y mucho menos que me dijera que me amaba estábamos ahí delante de Jesús Sacramentado diciéndonos cuanto nos amábamos, le di gracias infinitas a Dios porque Él había devuelto el amor por mí y por nuestro hogar a mi esposo.

A raíz de esta experiencia Dios ha hecho muchos milagros a nuestra vida, como individuos, como familia, hasta para nuestros hijos, pero hay uno de estos grandes milagros y que es tal vez el más amado por decirlo de alguna manera y es nuestra hija, antes mi esposo no quería que tuviéramos hijos, se negaba completamente a esta posibilidad y era entendible dado el entorno y las circunstancias, pero a los pocos días de haber regresado del retiro mi esposo me dijo que quería que tuviéramos un bebé y fue así como llegó a nuestras vidas una hermosa bebé que tiene por nombre Mariana, este nombre se lo dimos en honor a nuestra Mamita María que ha sido una gran intercesora en la restauración de nuestro matrimonio y que ha batallado fuertemente contra el enemigo por nosotros desde el mismo inicio de toda esta lucha.

Después de esto la vida para nosotros ha sido completamente diferente, porque desde esa experiencia entendimos que el matrimonio no es de dos sino de tres donde el tercero es Dios, es como la cuerda de tres hilos que es fuerte y no se rompe pero la de dos es débil y fácilmente se rompe; como parte del matrimonio Dios debe estar presente en todo lo que hacemos, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, en el trabajo ya sea en casa o fuera de ella, esto mismo le hemos enseñado a nuestros hijos, a llevar una vida en constante oración para esto lo único que debemos hacer es vivir de cara a Dios. Ahora sabemos que somos pequeños y débiles y que la fortaleza solo nos viene de Dios, por esto mismo tratamos de permanecer en su presencia, haciendo el Santo Rosario todos los días en familia, asistimos a Eucaristía casi todos los días, permanecemos en gracia, visitamos al Santísimo casi todos los días.

Como un mensaje final para los matrimonios que en este momento creen que no hay nada que hacer y que son una causa perdida, les decimos que para Dios nada es imposible, el único límite que tiene Dios en nuestra vida es el que nosotros mismos le ponemos con nuestra falta de fe, con nuestro afán porque queremos que todo sea en nuestro tiempo y olvidamos que Dios tiene un plan y que su tiempo es diferente al nuestro, persistan en la oración y abran su corazón a la acción misericordiosa de Dios, póngale limite a sus familias y amigos nadie debe inmiscuirse en su hogar, cuando uno se casa las prioridades cambian, primero esposa o esposo, segundo hijos, tercero padres, cuarto hermanos, así debe ser y así está escrito “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2: 24), hagámosle caso a Dios y tendremos matrimonios nuevos y santos.

¡Demos Gloria a Dios!, pues es otro hogar levantado por su gracia, mas no te quedes solo ahí.

Reflexiona: ¿Qué aprendiste con este testimonio? (haz una lista) ¿De lo que leíste acá que te sirve a ti? (haz una lista) ¿de la forma como estas encarando tu lucha, con base en este testimonio que debes cambiar? (haz una lista).Después de esto, ¡manos a la obra!: mucha conversión y cambio, mucha oración y batalla espiritual, mucha intercesión por tu cónyuge, terceras personas, familiares, y amigos que son un obstáculo en la restauración mucha intercesión por todos los matrimonios en crisis y los hijos de los matrimonios.