Hace dos años atrás, cuando mi esposo regresó después de dos años a casa; él me repetía una y otra vez que no me quería, que no estaba bien en la casa, que no podía olvidar a la OM y que lo más seguro es que se iría de nuevo. El dolor a todo esto fue enorme siempre para mí, aunque yo podía reconocer los ataques del enemigo, siempre salía bien lastimada. Lo que puedo aconsejar en una situación así es callar aunque duela, si lo que se va a decir puede atrasar los avances, es mejor callar; amar a tu esposo (a) cada minuto más, no importa lo que él (ella) te diga, ámalo, si él aún ve a la OM o al OH, ámalo más, pues lo que la otra persona le ofrece no puede ser amor, simplemente porque no viene de Dios.

Tienes que entender que si tu esposo (a) regresó a casa, lo más seguro no fue por decisión total de él (ella), sino porque Dios ahí lo quiso poner, para que tú ores cada noche, le impongas tus manos y lo bendigas a cada momento. La oración que tú haces en la noche ya cuando duerme, le llega súper bien, porque está dormido, más relajado, más quieto y sin que oponga resistencia. Todo el dolor que tú sientas, ofrécelo a Dios por él y para él, tiene un gran valor tu ofrecimiento, créemelo. Para mí las indiferencias y las groserías que mi esposo me decía se hacían ya tan cotidianas, que llegó el momento en que yo le decía: “No importa, mientras más cosas feas me digas, más puedo ofrecerle a Dios y más rápido tú vas a sanar.” Claro, que él se me quedaba viendo como diciendo: “esta está loca. Y luego me decía: “tú siempre con tus ideas… nada tiene que ver Dios en esto, es solo que ya no tenemos nada que ver tú y yo.”
Ahora, a dos años y medio de su regreso, no te digo que todo es color de rosa, pero las cosas han cambiado enormemente; de la OM, ya no volví a saber nada, las llegadas tarde se acabaron, mi esposo está dedicado 100% a nuestras 4 hijas y a mí, es súper cariñoso con todas. Aún quedan secuelas de tanto daño en su corazón, pero ahora vivimos en un hogar con paz, un hogar lleno del amor y las bendiciones de Dios.

Reconozco que en mil ocasiones yo quise aventar todo y que él se fuera y no volverlo a ver, pero era tanto el amor que Dios ponía cada día en mi corazón para él, que fue imposible abandonarlo cuando él más me necesitaba, aunque él jamás lo reconociera. Además Dios también me necesitaba muchísimo, porque un día yo le di el ¡Sí! para luchar en esta batalla, un ¡Sí! incondicional, acepté todo lo que viniera y ¿quedarle mal a Dios? ¡Nunca! Sigan adelante hermanos, en sus corazones hay mucho amor, derrámenlo en sus esposos (as), vale la pena, las recompensas las empezarán a ver muy pronto. Dios los bendiga, ojalá estas palabras los reconforten y les den un poco de luz.