He experimentado muchos cambios en mi vida.    En mi esposo no he visto ningún cambio.    Aprendí del sufrimiento de los demás, que debo aceptar la voluntad del Señor, someterme a diario a sus designios, que no es mi voluntad, sino la de mi Señor. Que este mismo dolor, lo llevamos la mayoría, es casi general, no respeta cultura, país, ni religión. Que debo desprenderme de las cosas y las criaturas, para seguir las huellas del Señor. Que hay situaciones peores y que Dios nos prueba de acuerdo a nuestras capacidades. Que debo disfrutar el 90 por ciento y no llorar sobre el 10 por ciento. Aprendí a sentir el dolor humano, a ver las cosas de afuera, no solo mi interior y que debo tenderle la mano al más necesitado y orar por los que me rodean y por este grupo tan lindo, donde la amistad que reflejan, nace de lo más hondo del corazón.    Somos una gran familia y cada uno mostró su corazón. Mi hogar sigue igual,   el corazón de mi esposo muy duro, a pesar de escuchar la Eucaristía diaria,   pero vivo en paz, dejé mi problema a los pies de Jesús y que haga con esto lo que él quiera y cuando quiera… Solo agradezco cada detalle que recibo de la vida y disfruto todo lo que mi señor me regala.   Algún día brillará la estrella y nos mostrará el rostro de Jesús, pero en su tiempo y en su voluntad, solo hay que esperar, adorar y confiar. Solo me queda darles las gracias a todos y al Señor, por colocarme en este hermoso grupo.    Gracias a todos y gracias por todo.