La infidelidad matrimonial es un mal que aqueja a miles de parejas en todo el mundo. Sabemos que es un pecado aborrecido por Dios. Quienes han padecido la infidelidad de su pareja sufren un grave deterioro en su autoconfianza, se sienten constantemente quebrantados y amenazados; su autoestima desciende a niveles bajísimos, suelen tener dificultad en sus relaciones interpersonales, padecen depresión, tristeza, en fin se perciben derrotados en el aspecto más importante de sus vidas. Por otro lado, quien ha sido o es infiel, tras un breve período de auto justificación, comienza a sentir desconfianza de los demás, padece remordimientos y termina copiando el modelo de huida que los sacó de su hogar. Todo esto lo sabemos y rezamos para que no ocurra, para que se detenga y podamos acceder a la salud emocional que tanto necesitamos. Pero pocas veces nos detenemos a reflexionar acerca de las causas. Vemos la infidelidad desde una óptica subjetiva y no logramos hallar soluciones reales y duraderas. Busquemos entonces comprender las causas, reconocer los síntomas previos o del mismo proceso y tomemos acciones para erradicarla de nuestras vidas y de nuestros matrimonios.

Causas: Normalmente nadie decide ser infiel, porque la infidelidad, en sí misma, implica una ruptura consigo mismo, se es infiel a sus principios, se es infiel al amor, se es infiel al compromiso antes de ejecutar y concretar la infidelidad, suele comenzar como un proceso interno de rompimiento. Pero si no está en el ser humano la tendencia “natural” a la infidelidad ¿por qué ocurre? Existen dos causas de infidelidad 1. Desarrollo emocional y dificultades consigo mismo. El sujeto es incapaz para comprometerse a largo plazo, su desarrollo emocional lo lleva a desear gratificación constante, retroalimentación positiva, desea “ser amado” más que “amar” es lábil emocionalmente y normalmente llega al matrimonio por cumplimiento social, no consolidado en sí mismo por un embarazo o porque la otra persona parece responder a sus propias necesidades afectivas. No quiere decir que este sujeto no ame. Lo hace y de manera intensa, pero por su bajo desarrollo emocional, no es capaz de mantener el compromiso y se cansa. Nadie se casa engañado: si su novio(a) era “picaflor”, siempre buscaba ser el centro de atracción, se desmotivaba ante el más mínimo obstáculo, no terminaba tareas, era amable social con un marcado interés por agradar a los demás, es probable que usted se haya casado con una persona poco comprometida que, ante la menor “amenaza”, tiende a buscar afuera lo que no es capaz de construir adentro. 2. Dinámica de pareja: Creo que esta es una de las causas más comunes de infidelidad matrimonial y deseo demorarme aquí un poco más. La pareja está conformada por dos personas. Cada uno tiene su propia historia, proviene de una familia determinada y aprendió a amar según los esquemas familiares que llamaremos “primigenios”. Durante los primeros años la adaptación es indispensable, pero esa adaptación implica algo más que acomodarse a los modos del otro o procurar funcionar como cada uno lo aprendió en casa, implica trabajo en equipo, implica responsabilidad y claridad en las metas personales y comunes. Poco a poco se adquiere una cierta estabilidad real o ficticia hay muchas cosas de las que jamás se habla y es ahí donde se dan las silenciosas y mortales rupturas. Los gastos de la casa, nuestros amigos personales y comunes, el manejo del tiempo libre, la sexualidad, los hijos, las normas, la autoridad, etc, son elementos que deberían dar paso al diálogo y que, no obstante, se ocultan y silencian en pro de una “convivencia” sin problemas. Sin darnos cuenta estamos trabajando, en silencio y con constancia, por desunir nosotros mismos lo que pedimos a Dios que uniera. Existen “señales” que, normalmente, deseamos no ver, pero que pueden alertarnos:

  1. Centrarse excesivamente en el trabajo.
  2. Centrarse excesivamente en las labores domésticas.
  3. Dejar de compartir tiempo juntos, como pareja.
  4. Centrarse exageradamente en los hijos.
  5. Tener, como punto de encuentro, los problemas económicos, los problemas con los hijos, los problemas laborales, los problemas con los miembros de la familia extensa, es decir, problematizar la conversación.
  6. Desconfiar del otro o percibir que el otro desconfía de usted. 7. Celos encubiertos o abiertos.
  7. Transgresiones a la intimidad: revisión de papeles, de buzón de mensajes en el teléfono móvil, violación de las claves de acceso a bancos, e miles, etc., esculcar, seguir, buscar “información” acerca de las actividades del otro.
  8. Peleas constantes y por motivos mínimos.
  9. Descenso del deseo sexual.
  10. Rutina.
  11. Insatisfacción.
  12. Descenso en la calidad y frecuencia de la conversación.

Y un largo etcétera que muchos de ustedes han vivido dolorosamente. Todos estos síntomas muestran que “algo” no funciona. Tal vez usted y su pareja están separados, emocionalmente, hace años, y el temor a “perder” le ha impedido tomar cartas en el asunto, en medio de esta situación llega un “tercero” o “tercera” a colorear un poco la vida de quien buscaba un oasis y encontró solo espinas. Cuando la infidelidad sobreviene la válvula de escape ha saltado arrasando con un período de sequía y quien la acoge cree haber encontrado, afuera, lo que le faltaba adentro. ¿Qué hacer? Actuar con inteligencia, muchas veces decimos “perdonar” sin haber comprendido la realidad del otro, nuestra realidad y la realidad de una relación por la que trabajamos muy poco y reanudamos una relación averiada intentando cerrar los ojos y guardándonos el temor, la tristeza y el miedo hasta que explote nuevamente. Si escogiste a aquel o aquella que tenía una inmadurez emocional evidente, puedes procurar un cambio sabiendo que solo podrás influir positivamente, el resto queda en manos de Dios y de ese cónyuge que debe madurar para abandonar su labilidad e inestabilidad emocional en beneficio de su familia, del matrimonio y de él mismo. Si afrontas la infidelidad por una dinámica averiada, es el momento de actuar. ¿Has dejado de hablar con tu esposo(a)? Reanuda ese espacio de conversación de manera natural: lee cosas que interesen a los dos, no esperes su llegada para mostrarte cansada ni esperas a llegar a casa para hablar solo del trabajo. ¿Hace rato no salen? Busca la manera de conquistarlo(a) para una escapadita a cenar: los niños no morirán si ustedes reanudan esa vida que dio paso al romanticismo. ¿Te estás viendo desarreglado(o)? Anímate a cambiar de look sin parecer actor de cine o vampiresa. Debes agradar a aquel o aquella que se enamoró de ti: el amor, ese primer momento de atracción, entró por los sentidos, no lo olvides. ¿Te resulta más fácil quejarte que hablar de cosas positivas? Recuerda que una conversación repetitivamente negativa agobia y hace que el otro no desee ni siquiera saludarte. ¡Ante en su lugar y corrige el camino! Si en tu hogar los reproches, los malos tratos, las palabras amargas o los silencios acusatorios son comunes, cambia de lado el casete: no funciona. Simplemente agobia, aburre. Si has percibido que eres conflictivo (a) es probable que te falte madurez emocional y que hagas tormentas en un vaso con agua. ¡Detente! ¿A quién le gusta vivir en el caos, en medio de huracanes constantes? A nadie y menos a tu cónyuge. Recuerda las promesas matrimoniales: Yo te acepto a ti como esposo(a) para amarte y respetarte en la salud y la enfermedad, en la alegría y en la tristeza, en la prosperidad y en la adversidad, todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe. Tú juraste amar a esa persona. ¡Cúmplelo! Haciendo lo correcto, mejorando el ambiente, modificando tú primero lo que debas modificando. Ahí está el reino de Dios para los esposos y esposas: es una vocación. Y si buscas activa y responsablemente ese reino, tenlo por seguro: lo demás vendrá por añadidura. Un abrazo en Jesús Eucaristía. En el matrimonio todo lo bueno es por los dos, y todo lo no tan bueno, también. Sí: la infidelidad es un pecado abominable pero siempre tiene una causa y es necesario reconocerlo para actuar. Recuerda: Ora et labora. Coordinación JSMF.