Por: P. Fernando Pascual.

Antes la llamabas por su nombre. Ahora te refieres a ella simplemente como ‘la ex’. Antes vivías como loco, pensando cientos de veces en ella. La buscabas por teléfono, dialogabas con ella en Internet, aturdías a los demás con alabanzas continuas hacia ella. Ahora, simplemente, la mencionas como un punto confuso del pasado, como un ser indeterminado, casi hostil. ¿Qué ha pasado? Tu historia, ciertamente, es particular, única. Lo que ha ocurrido entre ella y tú es algo difícil de comprender. Quizá ni tú mismo serías capaz de explicar qué sucedió en estos meses, cómo se llegó de un amor apasionado a una ruptura dramática. Por eso me da pena que hables de ella de ese modo, como también me dolería escuchar que para ella tú te has convertido, simplemente, en ‘el ex’. Sé que no puedo convencerte a que la llames, de nuevo, por su nombre. En tu corazón hay también una pena grande, al mismo tiempo que un extraño deseo de cerrar con el pasado. Pero la historia no puede ser destruida: ‘la ex’ estuvo presente en tu vida, aunque la mires simplemente como un ‘accidente’ o un error del que te sientes avergonzado. Más allá de esas dos palabras lacónicas, frías, late un corazón, una vida, una historia. ‘La ex’ tiene nombre y apellidos, miedos y esperanzas. Quizá incluso, sin que tú lo sepas, espera una ocasión para pedirte perdón o para perdonarte (¿es que toda la culpa ha de ser sólo de ella?). Dejemos atrás lo que haya podido ocurrir. No podemos cancelarlo, es verdad. Pero podemos mirar al presente y al futuro de un modo distinto si recordamos que tú y ella (¿podemos ya devolverle su nombre?) no habéis dejado de ser importantes, valiosos, en cuanto seres humanos. De esta manera, ‘la ex’ será vista con una perspectiva nueva: la que permite que un matrimonio que un día llegó a un punto dramático de ruptura, inicie ese camino maravilloso que es capaz de curar heridas y restablecer amores. Entonces quizá sea posible lo que ahora parece un milagro: que dos corazones empiecen a amarse por segunda vez, con más madurez y menos caprichos; y que cada uno busque, sinceramente, el bien auténtico y completo del otro.