Mi nombre es Alba Lucía M C , soy de nacionalidad colombiana. Vivo en Panamá, porque mi esposo trabaja en esta ciudad, en una Empresa Multinacional y doy muchas gracias a Dios por ello. Tenemos dos lindos hijos, cuyos nombres son: Andrea y Héctor Iván. Deseo compartir mi testimonio, para que muchos que estén pasando por una situación similar a la mía, o cualquier otra sean inspirados a buscar en Dios la solución a sus problemas, entiendan y comprendan que hay una salida y que se llama Jesucristo.

Nací en un hogar conformado por un padre adúltero, mi abuela paterna le fue infiel a mi abuelo y este a su vez a ella, además de maltratarla físicamente. No dudo que por esta razón mi papá también fue un hombre infiel y violento. Respecto a mi madre, fue maltratada de todas las formas posibles, física, verbal, y sexualmente, me enteré que mi abuela fue rechazada y maltratada también, mi bisabuela materna se casó con un hombre humilde y de baja condición económica por lo que mis tatarabuelos rechazaron ese matrimonio.

Menciono todo esto, porque ahora he comprendido que las maldiciones generacionales se cumplen. Proverbios 26-2. Así la Maldición nunca vendrá sin causa. Sólo Jesucristo con el poder de su Sangre las puede romper, cuando entendemos el porqué de tantas cosas malas que nos pasan sin explicación, cuando vamos a la raíz y el origen de la situación, somos libres Juan 8:32: “Conocerán la Verdad y la Verdad los hará libres”. Una vez detectadas estas raíces, se deben arrancar en el nombre de Jesucristo, para que no retoñen nunca más. Como Jesucristo maldijo la higuera y esta se secó y nunca más dio fruto, así deben ser secadas, las raíces de la higuera de las maldiciones generacionales de nuestras vidas. Marcos 11:14 “Nunca más coma nadie fruto de ti”.

De esta manera, mientras narro mi testimonio, tu apreciado lector, podrás empezar a entender tu situación también. La maldición por maltrato y rechazo produjo en mi mamá complejos, agresividad, soberbia, inestabilidad emocional, dificultad para demostrar afecto, egoísmo, conflictos y obviamente maltrato sicológico. Crecí viendo muchos conflictos, gritos, peleas, violencia física en mi hogar, me enteraba de las infidelidades de mi papá y vi sufrir a mi mamá por esta razón. Las secuelas que dejaron estas escenas en mi mente y corazón fueron indecibles e indescriptibles, me llené de temores y fobias a los insectos, a las alturas, a los rayos, a los hombres etc. Sufrí de abandono emocional porque mi padre fue un excelente papá proveedor, pero en el área emocional tuve muchas carencias, lo que me produjo inseguridad y baja autoestima, También sufrí maltrato verbal por parte de mi mamá, con palabras como: ‘No sirves para nada’. Lo que ahondó más aún mi baja autoestima. No culpo a mi mamá por esto, ella lo único que hizo fue repetir y transmitir lo que recibió en su casa.

Finalmente, en mi adolescencia mi padre y madre se separaron, decisión que también afectó mi vida profundamente. Me casé joven, cuando aún estaba estudiando en la universidad, llena de ilusiones, soñando con tener un hogar armonioso y mucho mejor que en el que había crecido y con la idea firme de no divorciarme bajo ninguna circunstancia, pues había sufrido por la separación de mis padres y no quería pasar por lo mismo una segunda vez.

Sin embargo, desde los primeros ocho (8) días de casada, mi esposo se desapareció por tres días. Ese fue el inicio de una vida esclavizada y flagelada por la infidelidad, cada semana y durante dieciocho (18) años, esperé a mi esposo hasta altas horas de la noche, siempre tenía una disculpa: ‘Tuve una despedida’ ‘Un cumpleaños de un compañero’, ‘Estaba con mi amigo fulano de tal’. Mi situación la describe muy bien la canción del grupo español Mocedades, ‘Tómame o Déjame’ que dice: ‘Tómame o déjame, pero no me pidas que te crea más, cuando llegas tarde a casa, No tienes porqué inventar, pues tu ropa huele a leña de otro hogar, tómame o déjame, sino estoy despierta déjame soñar, no me beses en la frente, sabes que te oí llegar y tu beso sabe a culpabilidad’.

Además de la infidelidad, mi esposo era bebedor, y no es extraño pues su papá y abuelo eran alcohólicos, y puedo asegurar que su bisabuelo también lo era, está adicción es una maldición generacional. Me enteré que el papá de mi esposo fue un hombre infiel también. Es decir tenía maldición de infidelidad por parte de mi esposo y de mi padre. Me sentía devastada, defraudada, desilusionada, en un callejón sin salida.

No pasaba un solo día, sin pensar en separarme, divorciarme, o ser infiel a mi esposo, pensaba que otro hombre podría ayudarme a lidiar con todo esto sin separarme, tuve tentaciones, pero fueron solo eso, hoy creo que Jesucristo me guardó de caer en semejante trampa, lo cual hubiera complicado muchísimo más mi vida. Desistía, porque había prometido no separarme y además porque no quería que mis hijos pasaran por una separación dolorosa. Pensaba como huir de semejante situación, vivía de reclamo en reclamo sin obtener ningún resultado, al contrario mis reproches continuos empeoraban la situación y alejaban cada vez más a mi esposo, una vida de contiendas e incomprensión y soledad, un esposo que me pedía pruebas de que él me era infiel y yo no las tenía, pues no contaba con los medios para contratar un detective privado.

Lo único que sabía era que me sentía sola, abandonada emocionalmente, rechazada, menospreciada como mujer y como esposa. Lloraba mucho, solamente quienes han pasado por esto pueden entender y saber de lo que estoy hablando. Alzaba mis ojos al cielo y decía: “Señor, hasta cuando tendré que soportar esta situación en la que yo misma me metí, por favor perdóname por no haberte tenido en cuenta, para tomar la decisión de casarme y ayúdame a salir de esta situación tan terrible.” Finalmente, un día pasó lo más extraordinario, lo mejor, lo más lindo que me ha pasado en toda mi existencia, en toda mi vida. ¡Conocí a Jesucristo! y lo acepté en mi corazón como mi Salvador personal. ¡Qué gran día ese! Nunca lo olvidaré mientras viva. Mi vida quedó marcada en dos, como la Historia de la Humanidad, Antes de Cristo y Después de Cristo. Con Jesucristo en mi corazón encontré consuelo y refugio y la paz que no había tenido nunca.

Sin embargo las cosas no cambiaban con mi esposo. Pero yo si cambié de actitudes, dejé la rencilla, los reproches que por catorce (14) años de nada me habían servido. Comencé a asistir a la iglesia y a un grupo de oración, en este grupo aprendí a buscar a Dios en oración en ayuno y cada día me sentía más fuerte para soportar las largas noches de espera de cada fin de semana. Ahora, tenía a Jesucristo conmigo, la Biblia, que me consolaba, para esperar a mi esposo hasta tarde, y eso me daba gran tranquilidad, leía los Salmos, oraba y sentía mucha paz y una grande confianza que las cosas cambiarían.

Después de dieciocho (18) años de un matrimonio frustrado, se evidenció la infidelidad de mi esposo, las oraciones tuvieron efecto y salió a la luz lo oculto, ya no era un presentimiento, mi sospecha finalmente tuvo cuerpo de mujer, nombre y apellido de mujer. Descubrí quien era OM de mi esposo, que por lo menos llevaban doce (12) años, era una compañera de trabajo, mi esposo llevaba doble vida. Entendí que trabajé para apoyar a mi esposo, pero también entendí muy a mi pesar, que para ayudar a sostener a la OM y para que pudieran tener apartamento. Sentí que dieciocho años de engaños, hipocresía y mentiras eran demasiado para mí. Me sentí como en la Película ‘Durmiendo con el Enemigo’. Estuve durmiendo con mi enemigo, ¡sin saberlo! Sentía que todos esos años me había dado el beso de Judas Iscariote, al despedirse de mi cada mañana o en la intimidad, cuando la teníamos.

No podía asimilar cómo puede alguien engañar y mentirle a otro y no sentir remordimientos o actuar como si nada estuviera pasando, que gran actor era mi esposo. Darme cuenta que la OM tenía todo lo que me pertenecía era insoportable, Joyas, invitaciones a la Zona Rosa de Bogotá, los mejores restaurantes y Bufetes, los besos, las caricias, el amor y la comprensión de mi esposo para ella, era devastador, muy doloroso para mí, tanto que las palabras no alcanzan a describirlo, me identifico con las
Palabras de Winston Churchill, quien sufrió de depresión, la cual le causó un profundo dolor, trató de expresarlo así: “Si se reuniera todo el dolor que hay en el mundo, no alcanzaría a ser igual al que yo siento”. Era tanto mi dolor que pensaba que nadie sufría tanto como yo. Sentí que mi matrimonio y lo que había vivido con él durante todo ese tiempo, eran una mentira, pensaba que había perdido y entregado mis mejores años en un matrimonio infeliz y frustrado y que ya no había esperanza para mí. Entré en depresión clínica, solo quería morir, lloraba muchísimo, creo que dos horas por la mañana y dos por la noche, perdí el apetito, bajé de peso y sufría de insomnio. Necesité tratamiento con antidepresivos y anti ansiolíticos, para la ansiedad, pues el divorcio parecía inminente, sufrí de Trastornos de Pánico y Trastorno Obsesivo Compulsivo.

Mi hogar estaba totalmente en ruinas, tenía mucha incertidumbre y temor por el futuro. Mis hijos sicológicamente afectados. Además de todo esto, Dios me reveló en oración y a través de sus siervos confirmó cuando éstos oraron por mí, que la OM me había hecho hechicería para matarme o enloquecerme. En medio de este panorama oscuro y sin salida, lo único que podía hacer era orar y ayunar. Un día le pedí a Cristo que me hablara y cuando abrí mi Biblia leí Lucas 13: 10 11. Hablaba de una mujer que tenía dieciocho (18) años de estar encorvada y que de ninguna manera se podía enderezar, hasta que Jesucristo la miró, la liberó y la sanó: ¡Esa mujer era yo! La infidelidad de mi esposo durante dieciocho (18) años, me tenía encorvada al igual que a aquella mujer y ¡durante el mismo tiempo!, esto me llamó mucho la atención. La infidelidad me tenía encorvada por: Baja autoestima, pues me sentía fea, poco atractiva e inútil, Rechazo, Maltrato emocional por parte de mi esposo, culpabilidad, soledad, abandono, afrenta, humillación, rencor, amargura, angustia, celos, ansiedad, depresión, y de ninguna manera me podía enderezar.

Pero el Señor me miró como la miró a ella y me hizo ¡libre! ¡Totalmente Libre!, Mi esposo ha cambiado tanto que siento que estoy viviendo con otro hombre, del hombre con el que me casé no queda nada. Ahora él es un hombre cariñoso, tierno, me apoya, me ama, me comprende, me aprecia, respeta y me da todos los gustos que he podido imaginar. El Señor restauró y restituyó mi vida sexual, mi hogar, las invitaciones a los mejores sitios y bufetes, todo me ha sido restituido. ¡Que maravilloso es Jesucristo! Verdaderamente Joel 2:25 26 se cumplió en mi vida tal como yo le oraba al Señor que me restituyera y me hiciera justicia. El Señor devolvió y recompensó los años que comió la oruga el saltón, el revoltón y la langosta por la infidelidad.