Por Doris Hernández.

Periodista Católica y miembro de JSMF

Obedecer a Dios antes que a los hombres

Inicio mi reflexión con una voz de alabanza y agradecimiento al Señor, pues la Semana Mayor que pasó significó mucho en mi vida, no solo por el aprendizaje sino por lo que mi corazón sintió al dar y al recibir inmensos regalos espirituales.

Esta Pascua que estamos viviendo se transforma en todo aquello que experimentamos con la muerte y resurrección una vez más, de Nuestro Señor Jesucristo. No entiendo cómo pueden pasar esas fechas memorables sin que  nuestro ser se agite, la conciencia grite y nuestro corazón se abra para recibir el Amor más grande, Su Amor sin límites. Todo, absolutamente todo, lo entregó Jesús, sin esperar nada a cambio.

“La vida ha vencido la muerte. ¡La misericordia y el amor han vencido al pecado! Se necesita fe y esperanza para abrirse a este nuevo y maravilloso horizonte. Y nosotros sabemos que la fe y la esperanza son un don de Dios y debemos pedirlo: ‘¡Señor, dame, danos la fe, dame, danos la esperanza! ¡La necesitamos tanto! Dejémonos invadir por las emociones que resuenan en la secuencia pascual: ‘¡Sí que es cierto: Cristo ha resucitado!’. ¡El Señor ha resucitado entre nosotros!” Papa Francisco.

 Si somos Católicos, con una Fe fortalecida, fundada en la práctica y en el conocimiento de la doctrina y por supuesto en obedecer los lineamientos de vida  que nos traza el seguir a Dios, entonces, tuvo que pasar algo en nuestro interior. Hace unos días, exactamente el mes pasado. Posiblemente sea un paso más hacia la conversión, o un cambio de vida, de actitudes, de reflexión ante la situación que cada uno estemos viviendo. O sencillamente nos dimos cuenta que erramos, que pecamos constantemente; con nuestro actuar, con nuestras conductas, al juzgar, al criticar. O incluso nos creemos casi santos y poderosos y no mirarnos sino la paja en el ojo ajeno y no la nuestra.

Así dice en la Sagradas Escrituras:” ¿y por qué te fijas en la pelusa que tiene tu hermano en un ojo, si no eres consciente de la viga que tienes en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “hermano, deja que te saque la pelusa que tienes en el ojo”, si tú no ves la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo para que veas con claridad, y entonces sacarás la pelusa del ojo de tu hermano. (Sn Lucas 6, 41-42).

 Traigo a colación esta cita bíblica porque en muchas oportunidades creemos ser dueños de la absoluta verdad, basados únicamente en nuestro entendimiento, pero ni siquiera nos preocupamos por escuchar la voz del Padre, de hacer silencio para poder oírlo. Esa es la única forma de poder escuchar a Dios, en el silencio. Pero el mundanal ruido nos ataca por todas partes: las carreras de la vida cotidiana, la música estruendosa, el televisor, los juegos electrónicos, el teléfono celular y el uso de las redes sociales que nos bombardean a cada instante. O simplemente, la preocupación por el tener y querer más cosas, por cumplir metas y ser exitosos. Y, nos quedamos solo escuchando al mundo, a los hombres, y cerramos nuestros oídos y vendamos nuestros ojos para no seguir realmente a quien es el camino, la verdad y la vida: ¡Jesús¡

Pero, son muy pocos los momentos, los minutos o las horas que dedicamos a nuestro crecimiento espiritual, a la oración, al participar en la Sagrada Eucaristía, a acudir al Sacramento de la Reconciliación. A leer en casa la Biblia o un libro espiritual de la Iglesia Católica. O a Rezar el santo Rosario.

Todo nos ayuda a crecer en lo que realmente vale la pena: trabajar para salvar nuestra alma y la de nuestros seres queridos, porque el tiempo es ahora. Más adelante de repente será demasiado tarde. Así, lo demás llegará por añadidura.

El infierno está lleno de bocas cerradas…

 Quiero traer a contexto una frase que me caló muy hondo en el corazón.  La escribió el fundador de la Obra de Dios, el Opus Dei, San Josémaría Escrivá de Balaguer. Dice así:

“Resulta más cómodo—pero es un descamino—evitar a toda costa el sufrimiento, con la excusa de no disgustar al prójimo: frecuentemente, en esa inhibición se esconde una vergonzosa huida del propio dolor, ya que de ordinario no es agradable hacer una advertencia seria. Hijos míos, acordaos de que el infierno está lleno de bocas cerradas”. (Libro: Amigos de Dios, 161).

 ¡Gran maestro!, ¿y por qué lo cito?, porque precisamente en Semana Santa estuve de manera casual, en circunstancias de familias creyentes, donde los padres no abrieron su boca para motivar a sus hijos a ir a la Iglesia, a recogerse en los días santos, a realizar un descanso en el espíritu o en el cuerpo y a decir un “No” ante las cosas del mundo. Esto, con la excusa de no molestarlos o no privarlos de su libertad. Y esto es solo circunstancial.

¿cuántas veces podemos ver o presenciar situaciones de parejas fuertes como el adulterio por ejemplo, o el alcoholismo en la familia, o hijos por el camino de las drogas o decisiones funestas como un aborto, o adicciones que matan el cuerpo y el alma, como la pornografía en algún ser cercano y nos limitamos a callar?, únicamente por no herir sentimientos o no involucrarnos, (que es la posición más cómoda), siendo de pronto nosotros conocedores de la verdad… ¡qué gran error y cuanto nos costará cuando tengamos que rendir cuentas a nuestro Creador, de lo que hicimos, dijimos, hicimos o dejamos de hacer!

Y, cito de nuevo palabras del Santo Papa Francisco: “No se dejen vencer por los miedos, la tristeza y la desesperanza, abramos al Señor nuestros sepulcros sellados para que Jesús entre y los llene de vida.”  Y Nos llene el entendimiento de la verdad, que la necesitamos tanto. Porque la gran mayoría de las veces no creemos que podemos escuchar la voz de Dios y nos dejamos persuadir por voces humanas, por razones humanas, por acciones netamente de los hombres, sin fijarnos que hay un Ser Superior, que todo lo sabe, que todo lo acierta y que está latente, vivo, cerca de nosotros para darnos la mano, para brindarnos su Amor, su apoyo, su ayuda incondicional.

Pero lo más grande es abrirnos a sus brazos misericordiosos, a pesar de nuestros errores, de nuestras caídas, de nuestra pequeñez. Y lo reitero una vez más, como lo exclamaron Pedro y los apóstoles:

 “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”. (Del libro de Los hechos de los apóstoles Cap. 5,27-33).