Sentir «el peso» de los pecados, desde un punto de vista psicológico, todos tenemos comprobado que, en ocasiones, hemos hecho sufrir a otros. Quizá sin pretenderlo, pero el resultado ha sido ése. También nos damos cuenta que al actuar no lo hemos hecho bien, y que nos hemos causado daño a nosotros mismos, y que el modo de remediar ese dolor interior es rectificando nuestras equivocaciones. Desde el punto de vista moral, ese pesar por el mal que se ha hecho se llama remordimiento, y que si queremos arrancar de raíz ese sufrimiento no hay otro remedio que reconocerlo, reconocer que hemos pecado y nos pese como verdadera enfermedad que es. Como la fiebre es consecuencia de una disfunción en el organismo, de modo semejante el dolor en el corazón es una consecuencia del pecado. El remordimiento en la conciencia es manifestación de que algo no va bien dentro de nosotros mismos, de que hay un mal que es preciso aclarar y curar. El sentimiento de culpabilidad no es algo que convenga quitarse imaginando que no ha pasado nada, o de que es cuestión de que el tiempo borre ese sentimiento como el viento disipa las nubes, o de endurecer la conciencia acostumbrándose a realizar ese tipo de acciones. Conviene ir a la raíz de las cosas que nos suceden, preguntarnos el porqué. A veces no basta con poner una venda sobre una herida que requeriría una intervención quirúrgica, ni tomarse un calmante cuando se ha salido un hueso de su sitio. Se puede quizá lograr que no duela momentáneamente, pero si no se arregla la causa, el organismo se irá deteriorando hasta que se entre en crisis y haya que ir al hospital por urgencias. El remordimiento, ese dolor interior porque se sabe que algo no va bien, tiene que ver en última instancia con el sentido de justicia que todos llevamos dentro: lo que está mal hecho debe ser rehecho, la injusticia debe ser reparada. Y todas las acciones humanas tienen una dimensión moral, una relación con la justicia, con el único que es justo. Todos sabemos cuándo actuamos que alguien nos ve, alguien que sabe lo que hacemos y por qué lo hacemos. Por eso la persona que actúa rectamente y es calumniada o condenada injustamente, sabe en lo recóndito de su conciencia que no está sola. Aunque no sepa expresarlo, se siente segura porque sabe que alguien, que es justo, le hará justicia. Hay que llegar hasta el fondo de nuestro propio corazón y ser sinceros, para no tratar de justificar los errores y verlos como son, y desde ahí pedir perdón a Dios (y si fuera el caso, pedir perdón a quien hemos ofendido). No hay otro camino. La Biblia es un conjunto de libros que, además de comunicar verdades sobrenaturales, explican qué es el hombre con un conocimiento verdadero y profundo. En ella se recogen unas palabras que han sido repetidas después por muchas personas: Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto. (Sal 130, 1 4). Quienes reconocemos la revelación divina sabemos que el Señor dice: Tengo designios de paz y no de aflicción, me invocaréis y yo os escucharé (Je 29,11). Dios no quiere que tengamos continuamente sentimientos de culpabilidad, pero es necesario reconocer el mal que se ha hecho, que pese en el corazón y pedir perdón. ¡Qué importante es reconocer nuestras enfermedades los pecados personales y acudir al médico que nos puede curar, el sacerdote de Jesucristo! Entonces, Cristo nos libera de la culpa y del peso que aplasta nuestra conciencia, y se siente esa alegría interior que experimentaba el salmista: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito (…) Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: ‘Confesaré al Señor mi culpa’, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado (…) Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación. (Sal 32,1 7) Llegamos aquí al misterio del corazón humano, a lo que cada uno decide en el fondo de su corazón, ¡Y tantas veces a la causa de la felicidad o de la amargura! Dios desea que los hombres sean felices y por eso les señala unos criterios de felicidad. «La conciencia es la medida del hombre. Ella da testimonio de su grandeza, de su profundidad. Para que esta profundidad se abra, para que el hombre no se deje quitar tal grandeza, Dios habla con la palabra de la cruz. Verbum crucis: Esta es la palabra última definitiva. Dios ha querido emplear y emplea siempre en las relaciones con el hombre esta palabra que toca la conciencia, que tiene capacidad de rasgar los corazones. El hombre contemporáneo experimenta la amenaza de una impasibilidad espiritual y hasta de la muerte de la conciencia; y esta muerte es algo más profundo que el pecado: es la eliminación del sentido del pecado. Concurren hoy muchos factores para matar la conciencia en los hombres de nuestro tiempo. Y esto corresponde a la realidad que Cristo ha llamado ‘pecado contra el Espíritu Santo’. Este pecado comienza cuando al hombre no le dice ya nada la Palabra de la cruz como el grito último del amor, que tiene el poder de rasgar los corazones» (Juan Pablo II, 1 IV 1979). Dios habla a los hombres de muchas maneras, pero también con la voz del sufrimiento para que reaccionen ante el mal. Es verdad que uno se puede equivocar y pecar, pero debe reconocerlo y arrepentirse. Dios siempre está dispuesto a perdonar en esta vida, para que el hombre sea feliz. Sin embargo, el que decide es el hombre, porque así ha sido establecido: Dios hizo al hombre y le dejó en manos de su albedrío. Si tú quieres puedes guardar sus mandamientos, y es de sabios hacer su voluntad. Ante ti puso el fuego y el agua; a lo que tú quieras tenderás la mano. Ante el hombre están la vida y la muerte; lo que cada uno quiere le será dado (Sir 15, 14 18). Quizá debamos preguntarnos con sinceridad si no es verdad que sufrimos o hacemos sufrir, tal vez, porque no estamos dispuestos a rectificar el mal que hemos hecho.