Querido(a) en Cristo: ¿Cuántas veces te has sorprendido rezando de esta manera? : “Señor, te pido la restauración de mi matrimonio, mira mi dolor, mi soledad, mira a mis hijos que necesitan a su padre (madre) ” Es lícito, es normal, diríamos que es natural desear el regreso del bien amado cónyuge y acceder a la felicidad perdida tras su partida, pero tal vez esta oración te demuestra la razón por la que anhelas el regreso de tu esposo(a) por ti mismo. Es decir que tu matrimonio es importante para ti, para tus hijos, pero ¿dónde queda Dios en todo esto? Me explico: el matrimonio es un invento de Dios. Desde el Génesis, en los albores de la humanidad, fue Dios quien quiso que hombre y mujer fueran uno solo y se constituyeran en con creadores. No fueron los hombres quienes quisieron el matrimonio: fue Dios. Y en la Lógica de Dios el orden de los factores si altera el producto. Nuestra naturaleza herida por el pecado nos hace egocéntricos aún con buenas intenciones. Si todo esposo y toda esposa desean, en lo más íntimo del corazón, regresar a la felicidad perdida. Pero es Dios quien tiene un plan para que esa felicidad deje de ser temporal y pobre para convertirse en eterna e inmensamente rica. Si aún piensas en “recuperar” a tu esposo(a) detente un minuto y piensa en la razón por la cual estás casado(a): porque Dios lo dispuso con un propósito particular, para ti y tu cónyuge, y general, para Su Iglesia. Párate por un momento en tu propia realidad y escucha la voz de Dios que te habla ahora mismo: ¿acaso espera algo de ti? ¿Deseará más que tus lágrimas y legítimos lamentos? Probablemente desea que lo reconozcas como dueño y Señor de tu vida y, por lo tanto de tu matrimonio. Si te han herido, te han traicionado, te han despreciado. Es cierto y el Señor lo sabe. Pero Él, que ve en lo escondido y escruta los corazones, sabe que hay algo más: llamada al perdón, humildad, entrega, escucha, sumisión, obediencia, fe sincera, confianza, caridad, conversión. Dios inventó el matrimonio para ti y dispuso que tu esposo(a) lo fuera. Nada ocurre por casualidad. Hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados y no se mueve la hoja de un árbol sin que el Señor lo permite, dice la Palabra de Dios. Este momento es permitido o decretado por Dios con un fin específico y de vital importancia: tu salvación eterna, sí, la tuya, con nombre propio. A veces pensamos que cumplir con los deberes de estado se reduce a una serie de actividades y nos quedamos con ello. Pensamos que estar en los caminos de Dios se reduce a una vida de piedad más o menos activa y es más activa cuanto mayor dolor sintamos. Y nos quedamos con ello. Pero el Señor nos pide más, nos pide que nos examinemos con seriedad y que entreguemos en sus manos nuestra vida para que Él la transforme. Tú, querido(a) en Cristo, debes comprender que tu matrimonio es de y para Dios. Porque ese es el reino y lo demás, todo lo demás, vendrá por añadidura, para la gloria de Dios. Acógete a nuestra madre. No sabes el inmenso poder con que Dios la ha adornado. Ella trabaja de día y de noche por tu matrimonio y te llama, suavemente, para que “hagas lo que Jesús te diga”. Dios te bendiga en abundancia. Miembro de JSMF.